Pensaba en esos libros que durante todo el año se acumulan para ser leídos en vacaciones y en esas personas que esperan tener el tiempo, la calma y el ímpetu suficiente para leerlos y me decía: confío, señor lector o lectora, en que es usted un buen lector y, por ende, podría llegar a interesarse en estos temas.
Las vacaciones son, a mi entender, oportunidades para el buen vivir, pero, a la vez, uno de los espacios más vulnerables a los requerimientos de lo que podría llamarse el mundo de la tarea y del trabajo. No se refiere a ese acoso a las intercomunicaciones reales que pueden darse (la llamada telefónica desde el trabajo), sino a las instrumentaciones mentales por las cuales el tiempo de las vacaciones es valorado según criterios que provienen del mundo del trabajo: las vacaciones se convierten en una instancia llena de tareas, aunque de otra naturaleza a las del mundo laboral, tareas al fin.
Una manera de entenderlo, en cambio, es como ocio, tan propio de la antigüedad grecolatina. Los griegos llamaban “schole” al tiempo que disponían los hombres libres para el cultivo de las artes, la reflexión en torno a ciertas preguntas esenciales, el cultivo de sí mismo y también a la política. Las vacaciones democratizan el tiempo del ocio. Las vacaciones se convierten en un prisma de actividades nobles, de aquellas que hubiésemos querido llevar a cabo durante el período laboral, período que la vacación prolonga y a su modo compensa.
El ocio, y la vacación considerada a partir del ocio, no son un espacio de negación e inactividad, sino de integridad y plenitud de la acción. Algo se calcula, no obstante, en la vacación construida según el parámetro del ocio; algo reclama el ocio y su tiempo no es un espacio libre, despejado de toda tarea. Así lo siento yo. El ocio tiene sus créditos y lo que se busca en vacaciones es un mundo sin acreedores.
Así, otra forma de entender el tiempo vacacional es a partir de la pereza. La flojera, un desafío frontal al mundo del trabajo, es aquí la virtud escondida. El perezoso en vacaciones duerme y dormita, divaga conversaciones inútiles, lee solo estrictamente lo que el goce prescribe, pasea. Es disperso, inconstante, hedonista, indisciplinado e irresponsable. Los italianos hablan del “dolce far niente”. ¡Qué difícil! La pereza dulce, sin penalizaciones, risueña y volátil es el auténtico antídoto del monótono y tedioso mundo del trabajo.
Miro la pila de libros y me entrego a la pereza: solo un poco de lectura, mi mundo laboral.