Las recientes acciones de Estados Unidos sobre el régimen de Nicolás Maduro en Venezuela —rápidas y de alto impacto simbólico, como ha sido la captura del ahora exdictador— han sido leídas por varios como un acto de pura estrategia de aprovisionamiento de hidrocarburos. Eso es un error.
El petróleo venezolano es relevante, sí, pero no es el objetivo final. Es el medio. La apuesta es otra: reordenar el tablero geopolítico del hemisferio y limitar la proyección de China y Rusia en América Latina.
Un reciente análisis de The Economist es claro en un punto: la idea de que Venezuela pueda recuperar rápidamente su producción petrolera es, en el mejor de los casos, optimista. Décadas de desinversión, colapso institucional, fuga de talento y sanciones hacen que cualquier recuperación relevante sea lenta, costosa e incierta. Incluso en escenarios favorables, los volúmenes adicionales serían marginales en un mercado global que hoy se encuentra claramente sobreofertado.
Entonces, ¿por qué Venezuela? Porque el petróleo no explica la estrategia; la geopolítica sí.
Estados Unidos no necesita estructuralmente el crudo venezolano. Tiene producción propia en niveles récord, shale abundante y —dato clave— acceso a crudos pesados canadienses. El proyecto Keystone XL, cancelado por razones políticas y ambientales durante la administración Biden, habría sido una vía mucho más directa, barata y rápida de asegurar el suministro de ese tipo de crudo de origen de su vecino del norte. Si el problema fuera puramente energético, esa habría sido la palanca obvia.
Pero no lo es.
La verdadera razón está en Venezuela como nodo de influencia extrahemisférica. Caracas opera hoy como una plataforma desde la cual Rusia y China proyectan poder político, financiero y estratégico en América Latina. Moscú, en particular, utiliza el esquema energético venezolano para subvencionar indirectamente a Cuba, asegurando suministro a precios artificialmente bajos y evitando asumir directamente ese costo. Es petróleo como instrumento de política exterior, no como simple commodity.
Desde esa lógica, los movimientos impulsados por Trump encajan en algo más amplio: una reactivación práctica —más que retórica— de la Doctrina Monroe. No como consigna ideológica, sino como herramienta operativa. América Latina vuelve a ser considerada un espacio estratégico que Washington no está dispuesto a ceder. El mensaje es claro: la competencia con China ya no se juega solo en Asia, sino también en el hemisferio occidental.
¿Habrá beneficios económicos para empresas estadounidenses? Probablemente sí, pero acotados y de largo plazo. ¿Habrá una transformación radical del mercado petrolero global? No. ¿Habrá un cambio en los equilibrios políticos regionales? Ese es el verdadero objetivo.
La lección para América Latina es incómoda, pero necesaria. Los recursos naturales no garantizan soberanía ni desarrollo. Sin institucionalidad, reglas claras y estrategia propia, terminan siendo fichas en el tablero de otros. Venezuela no es hoy un “premio energético”; es un caso de estudio sobre cómo la debilidad interna abre la puerta a la disputa externa.
Con mayor o menor deliberación estratégica, la administración Trump actuó en consecuencia.
José Luis Sureda
Exsecretario de Hidrocarburos de la República Argentina
Carlos Cortés Simón
LL.M. en Recursos Naturales y Políticas Públicas, University of Dundee