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Editorial
Viernes 16 de enero de 2026
¿La independencia de la Fed en jaque?
La primera economía del planeta enfrenta la tentación política de erosionar, desde dentro, uno de sus principales activos.
Un punto de inflexión inquietante en la relación entre la Casa Blanca y el banco central de los Estados Unidos marca la investigación criminal impulsada por el Departamento de Justicia contra Jerome Powell, presidente de la Reserva Federal (Fed). Aunque el detonante formal es el costo de la remodelación de los edificios de la Fed —el monto asciende a US$ 2.500 millones—, no es posible descartar en el trasfondo una ofensiva política para someter a la autoridad monetaria a las prioridades del Ejecutivo.
Desde hace más de un año, el Presidente Trump ha criticado abiertamente a Powell por no reducir con mayor agresividad las tasas de interés. Su diagnóstico es que la inflación ya no representa una amenaza relevante —el último dato arrojó un 2,7% anual, mostrando cierta inercia y un nivel superior al objetivo de política, de 2%— y que tasas más bajas estimularían el crecimiento y reducirían el costo de financiar la deuda pública. Powell y la mayoría del consejo de la Fed han optado, en cambio, por la cautela. Señalan que las presiones inflacionarias aún no han desaparecido, sugiriendo como riesgo los aranceles impuestos desde la Casa Blanca. Pero el desacuerdo técnico que ha escalado hasta poner a prueba la institucionalidad.
La Reserva Federal concentra un poder económico extraordinario, por lo que su independencia es fundamental. Sus decisiones afectan el crédito, el empleo, la inflación, el valor del dólar y las expectativas de los mercados financieros globales. Precisamente por ello la teoría y la experiencia histórica, tanto dentro como fuera de los Estados Unidos, indican que la política monetaria debe estar protegida del ciclo político, pues, en determinadas circunstancias, es necesario tomar decisiones impopulares sin sucumbir a la lógica electoral de corto plazo.
Chile sabe bien de ello. La autonomía del Banco Central, consagrada en la Constitución, fue una respuesta directa a los episodios de alta inflación y dominancia fiscal que marcaron décadas previas. Y ha sido clave para anclar expectativas, reducir primas de riesgo y dotar de credibilidad a la política macroeconómica.
Sin embargo, estas lecciones no parecen haber sido asumidas por la administración Trump. Así, la primera economía del planeta enfrenta la tentación política de erosionar, desde dentro, uno de sus principales activos institucionales.
Con todo, las posibilidades de destituir a Powell son limitadas, pues solo puede tener como causal faltas graves o negligencia comprobada. Esto explica el énfasis del Ejecutivo en la cuestionada remodelación. Pero incluso si Trump lograra reemplazar a Powell como presidente (podría continuar como consejero), el control de la política monetaria no estaría garantizado. Las decisiones sobre tasas se toman en un comité de doce miembros, lo que limita el poder de un solo nombramiento. Aun así, el daño institucional de forzar la salida del presidente de la Fed sería profundo.
Mientras, los mercados financieros se han mantenido expectantes. Una destitución probablemente provocaría caídas bursátiles, alzas en los rendimientos de los bonos del Tesoro y un encarecimiento generalizado del crédito. Sin embargo, quizás anticipando la baja probabilidad de dicho evento, los principales índices accionarios se han movido durante los últimos días por las variaciones en el precio del petróleo y el resultado de industrias particulares (banca), más que por esta incertidumbre.
Tal como lo planteó Powell en su declaración pública al conocerse la investigación en su contra, la Reserva Federal no está exenta de rendición de cuentas. Sus autoridades son designadas por el Presidente, confirmadas por el Senado y obligadas por ley a testificar periódicamente ante el Congreso. Pero existe una diferencia fundamental entre supervisión democrática y coerción política. Confundir ambas no fortalece la institucionalidad económica: la debilita. La fortaleza histórica de EE.UU. no descansa solo en el crecimiento o la innovación, sino en instituciones que han sabido resistir presiones coyunturales. Cruzar esa frontera es un riesgo que ninguna economía puede permitirse sin pagar un alto precio.