“Caminé, despertando los alientos vivos y tibios, y las pedrerías miraron, y las alas se elevaron sin ruido”, dice un joven poeta y caminante Arthur Rimbaud en su poema en prosa “Alba”. A Rimbaud, que no dejó nunca de caminar (recorrió largos trechos junto a la línea del tren, escapando de su natal Charleville), se le llamó el hombre “de las suelas de viento”. Yo también camino mucho, pero a esta edad ya se nota que las suelas no son de viento y que hay que conformarse, humildemente, con un paso un poco más lento. Pero en el caminar, lento o rápido, sigo experimentando epifanías como las de Rimbaud: se me presentan “alientos vivos y tibios”, suaves brisas (tan necesarias en estos días de temperaturas extremas), cantos de pájaros (el zorzal sigue siendo mi favorito) y rostros, muchos rostros con los que me cruzo.
Qué importante es encontrarse con el rostro de otros, en tiempos de solipsismo y autismo digital. Sigo creyendo que no hay mejor medio de transporte y movilización que el caminar (las “Dodge patas”, bromeábamos cuando niños): es gratis, nos abre a la gratuidad de los encuentros fortuitos y, por añadidura, nos hace bien a la salud. El caminante sortea mejor el stress y aceleramiento de una ciudad cada vez más neurótica y agresiva. Sus peligros más frecuentes: los automovilistas que manejan distraídos por el celular y, ahora, desde hace un tiempo, los scooters. Antes, había que poner mucha atención a los ciclistas, ahora no hay nada más letal y peligroso que toparse con un scooter prepotente, que pasa raudo junto a ti, no toca bocina alguna (ni campanilla), que se siente dueño de la vereda, desleal invasor y principal amenaza a la atávica caminata. Los primeros hombres caminaron, cruzaron estrechos; los últimos hombres serán los que se queden sentados en sus domicilios, sin salir, autoabastecidos de todo, engordando sobre sus asientos, sedentarios asesinos de la propia vida.
He visto muchos accidentes de scooters en nuestra ciudad. Un amigo médico me contaba que a las urgencias de las clínicas y hospitales llega mucha gente accidentada en scooter. Pero no solo se exponen a sí mismos los que han renunciado a caminar: pueden herir, quebrar, poner en peligro a los pacíficos caminantes que no contaminan, no invaden ni molestan a nadie. ¿Quién protege a los caminantes de la ciudad de estos ovnis (objetos veloces no identificados), y de los zombies que a veces se desplazan en scooters, desatentos con el otro, el prójimo, solo preocupados de barrer distancias y llegar lo más rápido posible a su lugar de destino?
No logro entender a los que, en vez de privilegiar caminar, “hacer camino al andar”, prefieren saltarse el camino, como si en la vida lo más importante fueran las metas y no las rutas. Perderse ese tránsito es ahorrar tiempo (el tiempo de Cronos), pero perder el verdadero tiempo (el Kayrós). Caminar es resistir el aceleramiento general que nos está enfermando y alienando. Lo dijo Francisco Quevedo: “vivir es caminar breve jornada/ y muerte viva es, Lico, nuestra vida...”. Se gana vida cuando “palpamos el pulso de las cosas”, como decía Michaux, y nuestra vida es “muerte viva” cuando nos perdemos la epifanía de los “alientos vivos y tibios”, el canto de los pájaros, la caricia suave de la brisa, el encuentro azaroso con ese misterio por descubrir que son los otros. ¿Que me puse muy poético? ¡Pero si la vida es poética! De tanto caminar, la cabeza se me llenó de pájaros y olores y colores. Pero, ¡cuidado!, un scooter acaba de pasar raudo a mi lado, ensimismado, impasible. Conductor acelerado, no olvides lo que dijo una vez Goethe: “¡detente, bello instante!”.