Vivimos la política en varios relojes a la vez, pero solemos fingir que solo existe uno: el del “último minuto”. En el horizonte más inmediato, la vida pública transcurre al ritmo del ciclo noticioso, esa carrera por la atención en la que cada jornada exige su escándalo, su frase, su crisis. Es el dominio de las redes sociales, la radio y la TV. El presente, allí, es un destello: se enciende, arde y se consume. Y, sin embargo, en esa evanescencia se juega buena parte de la realidad. El poder aprende rápido: si gobiernas la agenda, gobiernas la percepción.
Pero en Chile el tiempo no es solo vertiginoso; también es pasado. El pasado se impone con una densidad singular. Bastan cincuenta años para entenderlo: la Unidad Popular, el golpe, diecisiete años de dictadura, el plebiscito del Sí y del No, el estallido social y la pandemia, de la cual aún no terminamos de recuperarnos. No son “hitos” neutros: son reservas emocionales, repertorios morales, identidades políticas. En otros países el pasado se discute; aquí, a menudo, se habita. Y lo que se habita condiciona.
Hay, además, un tercer tiempo: el cíclico. El cuatrienio como medida dominante de la cronopolítica democrática. Desde 1990 hemos tenido ocho administraciones: estasis largas, puntuaciones bruscas, alternancias que reordenan expectativas, lenguaje y estilo. Cada cambio de gobierno funciona como una bisagra: acelera la historia para unos y la frena para otros, inaugura un clima de opinión y lo clausura. No es solo recambio de élites; es recambio de relatos sobre lo posible. Ahora mismo estamos en una de esas transiciones. Unos actores salen de escena; otros ingresan. La Moneda convertida en el teatro de la polis.
Por eso, también adquiere tanta fuerza el cuarto horizonte: el futuro largo. Un país necesita, de tanto en tanto, un horizonte que exceda la ansiedad del presente y la compulsión del ciclo electoral. El acuerdo Codelco-SQM instaló uno: 2060. Casi mágico, se ha dicho, como si se hubiese conquistado un nuevo continente. Pero su importancia es menos poética que política: abre un marco temporal que atraviesa nueve gobiernos desde el que asume en marzo. Introduce una conversación sobre inversiones, tecnología, productividad, fuerza laboral, medio ambiente, aportes al fisco y asociaciones público-privadas. Un vector de tiempo en medio de la incertidumbre geopolítica (EE.UU. y China), la aceleración cognitiva (IA), el cambio climático y la transformación social.
Un horizonte así no garantiza nada, pero obliga a algo: a preguntarnos qué queremos ser —y qué no— como país. Gobernabilidad democrática, cohesión familiar e integración social, autoridad en los colegios, término de los abusos, convivencia política en la pluralidad. Tener futuros posibles es, a la vez, una responsabilidad. Y acaso el primer acto de responsabilidad sea este: renovar la esperanza contra toda esperanza precisamente cuando, como ahora, sentimos que estamos en una encrucijada decisiva.