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Editorial
Miércoles 14 de enero de 2026
Feminización de la sociedad
El tema amerita ser analizado con seriedad y, por cierto, sin cancelaciones.
El intercambio que generó en la sección de Cartas al Director de este diario la última columna de Lucía Santa Cruz, relativa a la feminización de la sociedad y al impacto que ello estaría teniendo, no es un fenómeno exclusivo de nuestro país. El artículo original de Helen Andrews, al que se refirió Santa Cruz, también ha provocado amplia discusión en Estados Unidos.
El punto resaltado por Andrews es que el rápido copamiento que las mujeres han hecho del mundo del trabajo —por ejemplo, en EE.UU., son el 55% de los periodistas del New York Times; más de la mitad de los estudiantes de Medicina; más de la mitad de la fuerza de trabajo con estudios universitarios; el 75% de los doctores en psicología, y ya alcanzan al 46% de los ejecutivos de las compañías— está modificando la cultura, en parte al amparo de normas de discriminación positiva, e impulsando fenómenos como la cancelación. Lo más polémico de las aseveraciones de Andrews es precisamente el carácter femenino que le atribuye a la cancelación, pues, dice, se trataría del traslado al ámbito público de la forma en que los grupos de mujeres —o donde ellas predominan— suelen tratar situaciones conflictivas, aislando a quien es imputado de conductas reprobables, como expresión de empatía hacia quien lo acusa. Así, la feminización estaría en la génesis de lo woke, pues lo femenino priorizaría la empatía sobre la racionalidad, la seguridad sobre el riesgo y la cohesión sobre la competencia.
El debate se ha centrado en si esa es una manera correcta de describir a las mujeres o a lo femenino. Subyace a ello la discusión sobre las diferencias entre hombres y mujeres: si son solo producto del proceso de socialización —es decir, si son solo razones culturales las que las provocan— o si hay diferencias que van más allá de la socialización y que pertenecen al ámbito propio de lo masculino o de lo femenino.
Respecto de esto último, hay ciertos hechos que resultan indiscutibles. Por ejemplo, en relación con las características físicas, en promedio —pero, siempre, solo en promedio—, los hombres son más altos y tienen más fuerza, particularmente en su torso, que las mujeres. Por eso, en general, las competencias deportivas separan a los hombres de las mujeres, y las mujeres deportistas se quejan de que se permita participar en sus competencias a trans.
Respecto de la diferencia en la psiquis de ambos sexos, una serie de cuidadosos experimentos realizados por científicos que adoptan la perspectiva evolutiva para analizar estos temas ha mostrado que las mujeres, en promedio —y, nuevamente, solo en promedio—, tienen una mejor lectura de las emociones que los hombres, un menor apetito por el riesgo y una menor disposición al sexo casual, todo ello por buenas razones evolutivas. En cambio, también han mostrado que la división del trabajo que condujo a que las mujeres, durante mucho tiempo, fueran relegadas mayoritariamente a labores domésticas, es solo una herencia cultural de la domesticación del fuego.
Ahora, si esas diferencias permiten extraer las conclusiones de Andrews, es algo razonablemente debatible. Dilucidarlo requeriría de estudios que difícilmente se puedan realizar con la debida objetividad, dado lo sensible del tema. Aun así, hacia el futuro resultará interesante examinar, a partir de las diferencias detectadas entre hombres y mujeres, el tipo de efectos que ello pueda tener en la dinámica social, para reforzar los positivos, como el obvio beneficio para toda la humanidad de que las mujeres participen activamente en las distintas tareas de la sociedad, y mitigar los eventualmente negativos, como las tensiones que en algunos ámbitos ello ha generado con los hombres. De ahí que esta temática amerite ser analizada con seriedad y nunca con cancelaciones.