¿Qué tienen en común Corea, Guatemala, el Líbano, Cuba, Vietnam, la República Dominicana, Camboya, Grenada, Panamá, Irak, Somalia, Bosnia y Herzegovina, Kosovo, Serbia, Afganistán, Siria, Libia, Yemen, Irán, Nigeria y Venezuela? Haber sido invadidos, o bombardeados, en algún momento desde 1950, por Estados Unidos. ¿Y Corea, Egipto, Hungría, Checoslovaquia, Afganistán, Moldova, Georgia, Siria y Ucrania? Haber sido invadidos, o bombardeados, por la Unión Soviética, o Rusia, en el mismo período. ¡En total, son 27 de los 193 países representados en la ONU!
¿A qué voy? A que es una exageración aseverar que se está resquebrajando el orden mundial; que, con la captura de Maduro, se está minando un derecho internacional que supuestamente imperaba. Porque ¿cuándo estuvieron las grandes potencias realmente apegadas al derecho internacional? Para quien piense que hoy vivimos algo muy novedoso, recomiendo leer Vietnam, Israel y Trump, el lúcido libro de José Rodríguez Elizondo, que incluye su valioso testimonio de lo que fue estar en Vietnam en pleno bombardeo norteamericano.
Sí hay dos cosas novedosas. La primera, que hay un Presidente inusualmente errático en Estados Unidos. La segunda, que se está instalando un relato que busca darle una dirección nueva a la política internacional.
Según este relato, estaríamos ahora en un mundo “multipolar”, en que las grandes potencias, que serían Rusia, China y Estados Unidos, tendrían el derecho de mandar en el “polo” o “zona de influencia” que les toca. El relato nació hace pocos años en Rusia. Fue ideado por Putin y pensadores rusos como Alexander Dugin, según los cuales la noción de un “orden internacional” es una invención del mundo occidental, concebida para que sus inconfesables intereses propios pasen por valores universales, cuando no lo son. Una invención que pretende imponer un mundo “unipolar” sujeto a ese único orden supuestamente universal.
De allí que desde Rusia se empezó a pregonar el concepto de mundo “multipolar”. Parecía razonable ya que el dominio norteamericano disminuía con el surgimiento de China, y con la creciente belicosidad de Rusia. Razonable, hasta que entendimos que “multi-polaridad” significaba que la potencia que domina cada polo puede hacer allí lo que quiera.
Lo singular ahora es que, con Trump, Estados Unidos acoge ese relato ruso. De allí la reaparición de la Doctrina Monroe, que los rusos se han esmerado en aplaudir.
Ahora bien, ¿qué hay de nuevo en esta Doctrina Monroe comparada con las conductas norteamericanas de siempre? Solo una cosa, creo yo: que Estados Unidos, emulando a Rusia, se ha quitado la máscara; ha decidido abandonar la hipocresía; vuelve abiertamente a la “diplomacia con palo grande” pregonada por Theodore Roosevelt en 1900. Eso que Trump ni siquiera se limita a su polo: dice que su único límite es su propia moral, su propia mente, y ¡en Navidad bombardeó a Nigeria!
Decía La Rochefoucauld que la hipocresía es “el homenaje que el vicio le rinde a la virtud”. No es poca cosa. Por eso somos muchos los que extrañamos la hipocresía que la Casa Blanca ha abandonado. Mal que mal, ese homenaje nos permitía creer en un orden internacional, aunque fuera hipotético.
Que se abandone la hipocresía es, claro, un regalo para Putin. No que hubiera orden o moral que inhibiera sus salvajes agresiones. Pero sí algo de costo incurría con algunos países amigos. Ese costo se disolvió porque ahora le basta a Putin con decir “miren a Trump”.
Con todo, vale la pena luchar por un orden internacional, por frágil que fuera. Eso significa desde ya luchar por una modernización de la ONU. No puede ser que cada vez que hable António Guterres nos pongamos a bostezar, por saber que sus lugares comunes no van a tener injerencia alguna. ¿Qué ha contribuido la ONU a que hubiera paz en Gaza, Ucrania o Sudán? ¡Nada!
Cabe solo esperar que surja un candidato razonable para reemplazar a Guterres.