El consenso imperante es que las mujeres siguen sufriendo discriminaciones por parte de los hombres y que deben luchar, incluso con afirmaciones positivas, por una mayor igualdad en el ámbito laboral. Esto, a mi juicio, ha impedido ver la verdadera revolución que se ha producido en la estructura de poder relativa entre hombres y mujeres.
La esencia de este cambio es que, por primera vez en la historia de la humanidad, son las mujeres las que tienen el control absoluto de la reproducción de la especie humana. Son ellas las que deciden cuándo tener hijos, si es que quieren tener hijos, y si conciben uno no deseado, ellas tienen el monopolio de la decisión de abortarlo o no, sin que el progenitor masculino tenga ni voz ni voto. Es más, hoy día las mujeres pueden prescindir totalmente de la participación masculina y concebir a través de donantes anónimos de espermios. En una mirada de largo plazo esto es una fuente de poder femenino inconmensurable.
Ha surgido una nueva discusión conceptual respecto a este tema que se ha llamado la gran feminización de la sociedad. Por ello se entiende las consecuencias culturales, sociales y políticas del aumento exponencial de la presencia femenina, especialmente en Estados Unidos, en las universidades, en la empresa, en los medios de comunicación, en la profesión legal y en la mayoría de los centros de poder.
Helene Andrews ha escrito un gran paper que ha causado múltiples y variadas reacciones y controversias, pero que a mi juicio, como todo aquello que desafía lo que damos por sentado e incuestionable, significa un gran aporte para una mejor comprensión de la sociedad en que vivimos.
Según ella, existe una relación irreductible entre esta feminización y el movimiento Woke, y la política de cancelaciones se debe por sobre todo a la aplicación femenina de apelaciones emocionales por sobre la argumentación racional. En el ámbito universitario, esta feminización cambió la naturaleza esencial de las universidades como lugares que permiten la persecución de la verdad por sobre cualquier otro objetivo y el debate de todas las ideas, por incómodas u ofensivas que sean para algunos, y sobre todo de aquellas que desafían el statu quo.
Esto ha llevado a la priorización de lo femenino por sobre lo masculino, de la empatía sobre la racionalidad, de la seguridad sobre el riesgo, de la cohesión sobre la competencia; del consenso y la cooperación, por sobre la aplicación de reglas objetivas. Las mujeres tienen una actitud diferente hacia el conflicto, y esto tiene consecuencias como, por ejemplo, que 71% de los hombres consideran que proteger la libertad de expresión es más importante que preservar una sociedad cohesionada y las mujeres no.
El riesgo principal de estos cambios, según la autora, es la feminización del sistema legal y la amenaza para el imperio de la ley. Considera que el estado de derecho implica aplicar las leyes, incluso cuando contrarían las simpatías de un grupo, y ello no debe depender de consideraciones de contexto ni de la subjetividad de algunos, no debería estar influenciada por consideraciones de género y debe depender exclusivamente de la evaluación objetiva de las evidencias presentadas.
Ahora, la pregunta fundamental es si efectivamente la gran feminización se ha producido porque las mujeres de verdad han ganado sus posiciones en una competencia justa, pues si es el resultado de una ingeniería social artificial que ha inclinado la balanza a favor de las mujeres a través de leyes de antidiscriminación, de cuotas, de entregar a mujeres trabajos y promociones que de otra forma no habrían obtenido, estaríamos creando un problema grave de legitimidad. Ciertamente no se trata de cerrarles las puertas a las mujeres, sino simplemente de restablecer reglas justas y volver a una meritocracia sustantiva.