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Editorial
Jueves 08 de enero de 2026
¿Y ahora La Habana?
Perder ese volumen de petróleo venezolano no es un ajuste: es un apagón.
La captura de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos no solo reconfiguró el tablero venezolano. También encendió las alarmas en La Habana. Si Donald Trump decidió “cruzar el Rubicón” con Venezuela, la pregunta lógica es si Cuba será el siguiente objetivo dentro de una estrategia que vuelve a mirar el hemisferio como zona de influencia directa. Sobre todo, después de las recientes declaraciones del propio Trump.
La clave no está en los discursos, sino en el petróleo. Durante décadas, Cuba estructuró su supervivencia energética en torno a un proveedor externo. Primero fue la Unión Soviética, cuyo colapso dio paso al traumático “Período especial”. Luego, a partir del acuerdo firmado el 30 de octubre de 2000 entre Fidel Castro y Hugo Chávez, Venezuela pasó a ocupar ese rol. Entonces, Caracas se comprometió a enviar 53.000 barriles diarios, en un esquema de cooperación que sostuvo a la isla por más de dos décadas.
Hoy ese vínculo es más frágil, pero sigue siendo vital. Entre enero y octubre de 2025, Cuba importó en total unos 45.400 barriles diarios, de los cuales aproximadamente 27.400 provinieron de Venezuela, según datos de seguimiento marítimo y reportes de mercado difundidos por Reuters. Considerando que el consumo cubano ronda los 125.000 barriles diarios, el crudo venezolano representa cerca del 22% de la demanda total. En un sistema eléctrico de tan alta dependencia, perder ese volumen no es un ajuste: es un apagón. Y Cuba ya vive en penumbras.
Desde 2023 la isla arrastra una crisis energética crónica, con cortes de electricidad de hasta nueve horas en La Habana y mucho más prolongados en regiones. De hecho, en marzo del año pasado, se produjo un colapso nacional de la red eléctrica.
Además, el impacto económico es directo, sobre todo en el turismo, uno de los pocos generadores de divisas: en 2024 Cuba recibió 2,2 millones de visitantes, menos de la mitad de los niveles previos a la pandemia y muy por debajo de las metas oficiales.
Este escenario golpea de lleno al gobierno de Miguel Díaz-Canel, que mantiene el control político, pero carece del carisma y la autoridad histórica de los hermanos Castro. Y la escasez de electricidad, alimentos y combustible ha erosionado lo que queda del contrato social mínimo y provocado protestas cada tanto en distintas ciudades.
Si ahora Washington controla o restringe las exportaciones petroleras venezolanas, Cuba queda expuesta. Para Trump, el incentivo es evidente: sumar a su legado el haber precipitado la caída de la última dictadura comunista del hemisferio, vigente desde 1959. Asimismo, el secretario de Estado, Marco Rubio, hijo de exiliados de la isla, ve el tema cubano y la posibilidad del desplome del actual régimen casi como un asunto personal, que además lo fortalecería al momento de querer levantar una candidatura presidencial para 2028.
El problema es que cerrar el grifo energético no solo presiona a un régimen opresor: también amenaza con más pobreza, migración e inestabilidad regional. Y esa factura no se queda solo en la isla.