La captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses abrió una paradoja incómoda para muchos observadores: Washington decidió no respaldar un cambio total de régimen en Venezuela, aun cuando tenía a una oposición liderada por Edmundo González y María Corina Machado. La señal fue explícita cuando el Presidente Donald Trump afirmó que Machado “no estaba preparada” para gobernar y optó, en cambio, por mantener al chavismo en el poder, con Delcy Rodríguez —ahora como presidenta—, priorizando estabilidad, control institucional, protección de las reservas petroleras y continuidad administrativa.
La decisión no es improvisada. Tiene raíces profundas en las lecciones que EE.UU. aprendió (a un costo altísimo) en Irak. Tras la invasión de marzo de 2003 y la caída de Saddam Hussein, Washington optó por una política de desmantelamiento del gobernante Partido Baaz. Y bajo la Autoridad Provisional de la Coalición, encabezada por Paul Bremer, se expulsó a decenas de miles de funcionarios públicos y se disolvieron por completo las fuerzas armadas iraquíes, dejando sin empleo ni futuro a más de 400.000 militares entrenados.
El resultado fue devastador. La ocupación, que se prolongó formalmente hasta 2011, costó a Washington más de US$ 2 billones, según cálculos del Congreso, y provocó la muerte de más de 4.400 soldados estadounidenses, además de cientos de miles de víctimas iraquíes. Peor aún: los oficiales y combatientes expulsados del aparato estatal terminaron nutriendo la insurgencia y, con el tiempo, organizaciones aún más radicales. Al Qaeda en Irak y luego el Estado Islámico fueron productos directos de ese vacío de poder.
Venezuela, en ese sentido, representa lo opuesto al Irak de 2003. Washington evitó una invasión, no desplegó tropas de ocupación y mantuvo intacto el aparato administrativo y militar del Estado, reduciendo el riesgo de guerra civil, colapso institucional o insurgencias armadas. Al sostener a un “chavismo obediente”, EE.UU. asegura interlocutores conocidos, control sobre las Fuerzas Armadas y una transición lenta, pero administrable.
El cálculo es frío. Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del planeta, con más de 300.000 millones de barriles, y el objetivo estratégico de Washington es garantizar acceso, estabilidad y control a distancia, minimizando costos políticos, económicos y humanos. En ese marco, la democratización plena no es una prioridad inmediata. “Deschavizar” el país tomará años, quizá décadas. Venezuela, hoy, es el laboratorio de una doctrina aprendida con sangre: primero estabilidad, luego —tal vez— democracia.
Alberto Rojas
Director del Observatorio de Asuntos Internacionales de la Universidad Finis Terrae.