Aludir al sufrimiento humano en esta tribuna puede parecer desmedido, dado que una consideración tan breve no alcanza a definir de modo suficiente lo que esta realidad es. El lenguaje no es capaz de iluminar con la debida hondura este estado anímico vital del ser humano. Sin embargo, este tema requiere ser visibilizado, pues para cualquier persona la eventualidad del sufrimiento está a la vuelta de la esquina si es que no está ya en él a causa de un motivo particular.
Ahondar en lo que significa contribuye a dar herramientas para aliviarlo. La reflexión también tiene una función terapéutica y, como tal, es un suelo conceptual que se ofrece al que está desamparado de ideas y cree que carece de razones para conciliar el sufrimiento con el tejido de su propia biografía.
Por consiguiente, sufrir necesita ser contado para ser mitigado y, obviamente, requiere ser pensado para ser comprendido (si bien en toda aflicción se da un “misterio” que supera el entendimiento humano). Siempre queda un margen de incomprensión, por ejemplo, ante la magnitud del sufrimiento de tantos inocentes. Por otra parte, no podemos evitar el sufrimiento, pero sí podemos aminorar su impacto en la vida de alguien. ¿Qué decir, entonces, sobre él? El intento por describirlo puede ser un buen modo de responder a esta pregunta.
A la luz de esta pretensión, modestamente cabe precisar lo siguiente:
1. Dolor corporal y sufrimiento no son necesariamente lo mismo. Esta distinción recogida por un amplio abanico de autores es evidente. Para que alcance este último estatus, el dolor físico tiene que acrecentarse significativamente y, por otra parte, requiere prolongarse. Un dolor corporal incluso importante, pero que se trata con rapidez y que es aliviado con prontitud, no alcanza a ser propiamente un sufrimiento. Si todo sufrir es anímicamente doloroso, no todo dolor es realmente sufrimiento.
2. El sufrimiento coloca al hombre en una cierta posición de impotencia y pasividad (no se busca, se padece, puesto que comúnmente acontece contrariando la voluntad del propio sujeto). Asimismo, centra al individuo en su propio yo.
Cabe aquí mencionar el juicio del filósofo español Agustín Serrano de Haro. Según este autor, “sufrir monopoliza la atención del yo, concentra al doliente en sí mismo y muchas veces irrumpe sin ser esperado, de modo repentino... posee una temporalidad e intensidad móvil: nadie sabe cuánto va a durar y cuán intenso será, ni cuándo acabará, si es que acaba. En todo momento está listo tanto para seguir como para cesar”.
Esto quiere decir que la incertidumbre acerca de la magnitud y duración del propio sufrimiento causan una nueva inquietud y tensión en cada persona que está siendo afectada por una situación que lo entristece de modo importante y que apunta tan directamente a la propia intimidad.
3. El filósofo alemán Robert Spaemann ve al sufrimiento como “el reverso pasivo del mal”. Por lo mismo, sufrir nos da miedo y, en su perspectiva, ese miedo a sufrir es ya en sí mismo un sufrimiento, encauzado por un temor a lo malo o negativo que pueda suceder. Esta conciencia encamina al sujeto a preguntarse por el sentido del sufrimiento. “¿Cómo entender la paradoja que subyace en la expresión ‘sentido del sufrimiento', puesto que el sufrimiento parece ser la experiencia de un sinsentido?”, es la interrogante que nos plantea el mismo Spaemann.
Cualquier persona se “resiste” a sufrir, pero también suele darse cuenta de que debe aprender a convivir con ese hecho que es inevitable y sobre el cual el ser humano no ejerce de modo sustantivo dominio alguno (aunque pueda intentar aliviarlo a través del acompañamiento consolador).
4. “Todo hombre sabe que algo anda mal cuando está sufriendo”, señaló C. S. Lewis en su libro “El problema del dolor”. Este autor enfatiza que el sufrimiento insiste en ser atendido, pues padecerlo anula la idea de que todo está bien. Nadie quiere, por cierto, vivenciar algo que despierte un sufrimiento y todos, implícita o explícitamente, están a la espera de que alguien le ofrezca cobijo en su pena.
En síntesis, el sufrimiento no solo supone hacer algo con él, sino también interrogarse acerca de qué hace esa pesadumbre con nosotros. Puesto que hay un ámbito de imposibilidad de acción del ser humano cuando está apenado —no puede impedir que le ocurra—, su misma vulnerabilidad ante el sufrimiento atestigua la importancia y el sentido del amparo que se ofrece a quien lo experimenta de manera importante.
En consecuencia, “sufrir somete al ser humano a la prueba de sí mismo” cuando percibe su impotencia para acceder a una plenitud que el mismo sufrimiento le parece obstaculizar, pero una plenitud a la que no se quiere renunciar y que se anhela con esperanza.
Rodrigo Figueroa Weitzman
Centro de Bioética y Humanidades Médicas Universidad de los Andes