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Editorial
Miércoles 07 de enero de 2026
El regreso de las esferas de influencia
La captura de Maduro inaugura una nueva etapa. No es solo el ocaso de un dictador, sino la aplicación práctica de una doctrina.
Ejecutada mediante una operación relámpago atribuida a fuerzas especiales, la captura de Nicolás Maduro (y su posterior traslado a Nueva York) por parte de Estados Unidos no puede entenderse como un hecho aislado ni exclusivamente judicial. Por su forma, su oportunidad política y su impacto regional, el operativo se inscribe de manera directa en la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de EE.UU., presentada a comienzos de diciembre del año pasado, y revela un giro profundo en la manera en que Washington concibe hoy su rol en América Latina.
El documento estratégico es explícito. Estados Unidos reafirma la vigencia de la Doctrina Monroe y la actualiza por medio de lo que denomina un “corolario Trump”, que legitima acciones más directas para impedir la influencia de potencias extrahemisféricas en el continente. De esta forma, el llamado hemisferio occidental deja de ser un escenario secundario y vuelve a ocupar un lugar prioritario, no solo por razones ideológicas, sino por consideraciones de seguridad interna: control migratorio, lucha contra el narcotráfico, protección de rutas marítimas, infraestructura crítica y resiliencia de las cadenas de suministro.
En ese marco, Venezuela aparece como el primer caso concreto de aplicación de esta doctrina. La captura de Maduro funciona como un mensaje estratégico inequívoco: Estados Unidos está dispuesto a actuar de manera unilateral dentro de lo que define como su esfera de influencia, incluso si ello tensiona principios tradicionales como la soberanía estatal, el no intervencionismo o el multilateralismo. La retórica del “cumplimiento de la ley” sirve como marco legal, pero no oculta el trasfondo geopolítico de la decisión.
La Estrategia de Seguridad Nacional combina un discurso de contención y no intervencionismo con una clara disposición a emplear coerción económica, presión diplomática y, llegado el caso, fuerza militar directa. Al advertir que Washington “negará” la presencia de actores hostiles en el hemisferio occidental y protegerá activos estratégicos regionales, el documento abre la puerta a nuevas acciones selectivas contra gobiernos considerados funcionales a intereses rivales.
En este contexto, Cuba y Nicaragua emergen inevitablemente como los próximos focos de atención (aunque Trump también ha mencionado a Colombia, México y Groenlandia). No porque el texto los señale de manera explícita, sino porque encajan en la lógica de contención hemisférica que la estrategia propone. La señal es clara: la tolerancia estratégica hacia regímenes adversos en el entorno inmediato de EE.UU. se ha reducido de forma drástica.
El problema de fondo es que el retorno explícito de las esferas de influencia marca un quiebre con el orden internacional basado en reglas. Podrá argumentarse que ese orden ha operado siempre de forma muy relativa cuando se trata de las grandes potencias, pero no por ello son menos relevantes el cambio y sus consecuencias. América Latina vuelve a ser concebida como un espacio donde las excepciones se normalizan y donde la autonomía de los Estados queda subordinada a prioridades de seguridad definidas fuera de la región.
La captura de Maduro, más allá de su destino judicial, inaugura una etapa. No es solo el ocaso de un dictador, sino la aplicación práctica de una doctrina. Y cuando una gran potencia redefine su hemisferio como zona vital, las consecuencias rara vez se detienen en un solo país.