Nada gravitará tanto en las posibilidades de éxito del próximo gobierno como la ductilidad política con que actúen José Antonio Kast y su equipo para gobernar de modo fructífero. Ello supone la mayor conciencia posible respecto del terreno que pisan, y también de las propias fuerzas. Parece recomendable, entonces, no interpretar el 58% de la segunda vuelta como si constituyera un aval sin condiciones. Los gobiernos están obligados a trabajar duro para renovar cada día la confianza ciudadana.
Será inevitable que surjan dificultades en el camino, algunas completamente inesperadas, y el nuevo mandatario tendrá que mantener la cabeza fría para enfrentarlas y neutralizar sus efectos. La mayoría de los ciudadanos puede comprender que se cometan errores, pero es improbable que acepte la opacidad en los asuntos del poder y mucho menos la falta de integridad.
La solidez del liderazgo presidencial estará en directa relación con lo que haga para resguardar el Estado de Derecho. Su apego a la Constitución y las leyes creará las condiciones para hacerlas respetar en todo el territorio. Ello exigirá que la forma y el contenido vayan de la mano, lo cual permitiría demostrar que eran infundados los recelos provocados por la noción de “gobierno de emergencia”, que algunos han traducido como riesgo autoritario.
El anhelo más intenso de hoy es que el país tenga por fin paz y estabilidad, que queden atrás las convulsiones que causaron tantos estragos en los años recientes, en particular la violencia y las muestras de deslealtad con la democracia que la acompañaron. La mayoría quiere orden, sin duda, pero orden democrático, y entiende que esa es la condición para conseguir avances económicos, sociales e institucionales. El reto del nuevo gobierno será articular los cambios con la gobernabilidad.
Es deseable que la mayoría del país haya quedado vacunada contra la fiebre refundacional, y contra la creencia de que los espasmos de la sociedad son una señal de que progresa. Y será mejor si esa misma vacuna sirve contra cualquier nueva forma de integrismo ideológico y supuesta superioridad moral. Nadie encarna el bien.
¿Serán capaces los partidos de derecha de dar un ejemplo de sensatez y acción conjunta? ¿Podrán sostener un proyecto común con la generosidad y el sentido nacional que se requieren? ¿O habrá que prepararse para verlos negociando líneas rojas allá y acá, y debilitando así la conducción presidencial? Nada está escrito. Será clave, por supuesto, que Kast ejerza plenamente sus atribuciones constitucionales y que actúe convencido de que debe ser el Presidente de todos los chilenos.
¿Qué esperar de las fuerzas de oposición? Ya se sabe cómo actuará el PC, pero los partidos de la antigua Concertación tendrán que definir con serenidad no solo qué línea seguir frente al nuevo gobierno, sino qué es lo que quieren representar en la sociedad y qué idea de republicanismo quieren sostener. No pueden repetir la penosa experiencia vivida contra el presidente Piñera. Por el bien del país, pero también por su propio futuro, tienen que demostrar que sus convicciones democráticas no dependen de estar o no estar en el gobierno.
¿Puede abrirse una etapa constructiva en la vida nacional? Es perfectamente posible. El discurso que pronunció el Presidente electo en la noche del 14 de diciembre es una sólida plataforma para que Chile mejore en las áreas en que las necesidades están a la vista, la primera de las cuales es la seguridad pública. En ese terreno, la mayoría de la población espera un cambio profundo, por lo que si allí surgen signos esperanzadores en los primeros meses el gobierno habrá dado un paso trascendental.
Hay una corriente mayoritaria de buena voluntad respecto de la nueva etapa que se inicia el 11 de marzo. Es un signo auspicioso.
Sergio Muñoz Riveros