Las decisiones de Donald Trump con respecto a Venezuela aparecen hoy —con Nicolás Maduro en la cárcel— mucho más resueltas que lo que ha mostrado en las negociaciones con Rusia sobre Ucrania. En estas, sorprenden los cambios de opinión del Presidente, las contradicciones en declaraciones sucesivas, las diferencias entre sus asesores, y los frecuentes virajes entre apoyo total a Ucrania, aparentes tomas de posición favorables a Rusia, y displicencia en el trato a Volodimir Zelenski, tan distinta a la actitud obsecuente que muestra hacia Vladimir Putin. Pero si le damos crédito a un reciente largo reportaje del New York Times, la verdad sería que Trump, desde el inicio, tiene por objetivo terminar a como dé lugar la guerra de Ucrania, sin importarle la integridad de ese país, ni las consecuencias que una Rusia victoriosa y la división territorial tengan en la ecuación geopolítica de Europa. Y si eso pasa por parecer cambiante y sin una estrategia definida no le preocupa.
Muy temprano Trump dejó en claro que estaba de acuerdo con las condiciones impuestas por Moscú: que Rusia se quedara con el territorio conquistado, que Ucrania no ingresara a la OTAN y que su ejército tuviera un contingente limitado. El diario hace un detallado análisis, apoyado en cientos de entrevistas con civiles, militares y diplomáticos que han estado cerca de las tomas de decisiones, de cómo Trump ha llevado a cabo su política hacia Ucrania, navegando entre dos grupos de asesores, altos cargos y otros con buena llegada a la Oficina Oval o al Pentágono, que tienen visiones contrapuestas sobre cómo terminar la guerra, más o menos favorables a Ucrania. Sus más cercanos, como el vicepresidente J. D. Vance y el secretario de “Guerra” (ya no de Defensa), Pete Hegseth, son los más duros y han tenido éxito en mover la aguja hacia el lado de presionar a Zelenski a aceptar cualquier acuerdo que signifique poner fin al conflicto. Fueron duros críticos de la ayuda que Joe Biden comprometió durante su mandato y han hecho, según el NYT, todo lo posible para suspenderla, lográndolo en diferentes momentos que están bien narrados en el reportaje y que beneficiaron a Rusia en el campo de batalla. Ambos lograron marginar o quitar autoridad a los asesores y militares más proclives a respaldar política y militarmente a Kiev.
Todos sabemos que Trump admira a los “hombres fuertes” y desprecia la debilidad política, como lo hizo público al referirse a los líderes europeos en su Estrategia de Seguridad Nacional, pero con Putin eso ha llegado a otro nivel. Esperaba que su “amistad” con el patrón del Kremlin le permitiría lograr la paz en “24 horas”, pero se ha visto su rotundo fracaso en ese cometido. La reunión de Alaska debió haber sido un punto de inflexión en la guerra, pero no fue más que un show en el que Putin se mostró al mundo como un autócrata poderoso e inflexible, y Trump ni siquiera consiguió una declaración conjunta.
A tropezones se ha llegado al 2026, y es de esperar que, con los nuevos vientos, se avance hacia una solución justa y perdurable para una guerra que, como dijo Trump, nunca debió (Rusia) comenzar.