El próximo año se cumplen 250 años de “La Riqueza de las Naciones”, de Adam Smith. Un libro escrito en 1776, que aventuraba un mundo distinto al de la época en que fue escrito y que se desarrollaría fuertemente a partir de 1800, con la Revolución Industrial. Lo paradójico es que Smith, uno de los más grandes intelectuales que haya existido en la humanidad —y siendo amigo del inventor de la máquina a vapor, artífice del nuevo modelo— no fue capaz de advertir en todas sus dimensiones el mundo que se venía por delante.
De alguna manera hoy estamos como en 1776, pero frente a una revolución mucho más profunda y mucho más rápida. Y al igual que Adam Smith, no somos capaces siquiera de dimensionar cómo será el futuro en los próximos años. Y si es así, ¿cuál será el mundo laboral que les espera en 2040 a quienes entran ahora a la universidad, cuando estén en la primera etapa de su vida laboral?
Un reciente estudio del MIT señala que la inteligencia artificial (IA) ya puede reemplazar al 11,7% de la fuerza laboral de Estados Unidos, la que se extiende a “tareas cognitivas y administrativas” y no simplemente mecanizadas. Es obvio que ello es solo el comienzo.
De alguna manera hoy —muchas veces sin darnos cuenta— estamos viviendo un futuro que veíamos hasta hace poco tiempo en películas de ciencia ficción. Autos que se manejan solos, ropa inteligente, traductor artificial que permite en tiempo real hablar en cualquier idioma. Los científicos han advertido que con la redefinición de nuestro ADN podremos vivir hasta los 150 años. Incluso se ha abierto la posibilidad del “rejuvenecimiento”, como muestran pruebas realizadas con éxito en la Universidad de Cambridge.
El “futuro” de seres androides, humanoides y agentes digitales ya lo estamos viviendo. Así las cosas, la redefinición del trabajo será una de las grandes transformaciones de los próximos años.
La pregunta que surge, entonces, es ¿cómo estudiar para ese mundo incierto?
La forma de hacerlo en el pasado era meramente adquiriendo conocimiento. Pero hoy aquello no solo es imposible por la enorme cantidad de aquello, sino que —si fuese posible— sería inútil, por la rápida obsolescencia.
Hoy, lo que se requiere en los futuros profesionales es pensamiento crítico, discernimiento ético, plasticidad intelectual, interdisciplinariedad. En buenas cuentas, una educación más sofisticada. Para ello se requiere fortalecer fuertemente la formación general, tal como lo hacen las mejores universidades del mundo. La formación no profesionalizante, en humanidades y ciencias, en lo que se llaman las “artes liberales”, debe cobrar protagonismo en América Latina, ya que ello es válido para cualquier trabajo, aunque todavía no exista. Es el equivalente a la preparación física de un deportista, válido para cualquier deporte (como complemento al entrenamiento específico en una especialidad).
Como consecuencia de lo anterior, la formación profesional debiera reducirse, para entregar un conocimiento de las bases propias de cada profesión y una especialización inicial en aquellos ámbitos laborales propios, que dé paso a la empleabilidad. Se requiere una formación de vanguardia que no intente enseñar todos los conocimientos de la profesión y mucho más conectada con otras disciplinas, ya que los desafíos laborales no se pueden resolver al amparo de una sola mirada.
El futuro es incierto. Aquello es una obviedad. Siempre lo ha sido. Pero es claro que lo que estamos viviendo es un período especial de la historia. Debemos preparar a nuestros jóvenes para lo que viene. Inevitablemente, de una manera distinta a como se ha hecho hasta ahora.
Francisco Covarrubias
Rector Universidad Adolfo Ibáñez