Estamos a un mes del primer domingo de febrero, en que se correrá la carrera del Derby 2026 en el hipódromo viñamarino. Esa ocasión, durante más de cien años, ha sido motivo de una alborozada e irrenunciable fiesta popular. El Derby es mucho más que una importante carrera de caballos —un clásico, como se dice— y más también que toda esa extensa jornada hípica en la que se disputan más de veinte pruebas, partiendo temprano en la mañana y terminando poco antes de medianoche. La primera carrera de la jornada, y ni qué decir la última, son imperdibles para los fanáticos que son menos que los simplemente aficionados.
Una fiesta no solo para esos aficionados, sino para todos quienes quieran permanecer en el hipódromo sumidos largas horas en un ambiente de algarabía y jolgorio. En la cancha, las carpas familiares empiezan a ser armadas incluso en horas de la tarde o noche anteriores al domingo de la gran carrera, para conseguir así las mejores ubicaciones. Todos los que llegan parten tratándose lo mejor posible con los alimentos y bebidas que se han traído hasta el lugar, y ese tratamiento puede partir, muy temprano, con abundante té o café, seguido luego, según avance la jornada, por otras ingestas más euforizantes y los infaltables asados. Tampoco faltan las humitas, las empanadas, los sánguches de arrollado, las ensaladas chilenas, y menos aún el vino que se vierte dentro de la mitad de un melón abierto que se hace circular entre los presentes.
¿Por qué este columnista viene a hablarnos del Derby con tanta anticipación al día de la carrera? Porque mi propósito es abogar por que el Derby 2026 vuelva a ser la fiesta popular que describimos antes, y ello en atención a que la versión 2025 fue organizada sin público en la cancha y con una cantidad de controles verdaderamente asfixiantes. En febrero de 2025 debí sortear nada menos que siete controles de identidad en la entrada de la puerta de Los Castaños, algo que me produjo un comprensible desaliento. Nadie se opone a que en el Derby se observe cierta formalidad en el Salón del Directorio del Valparaíso Sporting Club, pero todos los demás recintos deberían ser de acceso libre y sin tantas inspecciones ni controles. Acceso gratuito, además, sin temores ni discriminaciones, porque el público quiere hacer apuestas con su dinero y ojalá cobrar un buen dividendo en alguna de las carreras.
Al público que llega al Derby hay que darle la bienvenida y no verlo como si se tratara de una amenaza. Siempre habrá alguna dotación policial en el recinto y también presencia de guardias privados, pero sin obstaculizar el libre desplazamiento e instalación de quienes llegan allí como lo que son: los participantes en una fiesta popular, y, por lo mismo, masiva y bullanguera. A esto deberían atender las autoridades públicas de la región y la ciudad, así como las del propio Sporting, de modo que la organización del evento responda a la naturaleza de este y no a innecesarias reglas que transformen al hipódromo viñamarino en un lugar de vigilancia en el que todo el que ingrese sea visto como un sospechoso.
Me enamoré del hipódromo viñamarino algo tarde, a los doce años, cuando ingresé por primera vez al recinto de la cancha en un día de Derby. Iba tomado de la mano de mi hermano mayor y él fue el mejor guía para que me fijara en lo que había que fijarse ese día, además de las carreras por supuesto.