La economía volvió a desilusionar en el tercer trimestre, mostrando un crecimiento de tan solo 1,6% respecto de 2024. En buen castellano, la cosa está bien plana, y en mejor castellano, a este ritmo no llegamos a ninguna parte. Sin embargo, los últimos datos económicos tienen algunas luces —algo así como unos brotes verdes—, que en la refriega política pasan desapercibidos.
Mientras el informe del Banco Central muestra que la producción doméstica apenas crece, el consumo y la inversión están mostrando bastante más dinamismo. Esta recuperación de los principales componentes de la demanda interna sugiere que las personas parecen estar entusiasmándose para comprar, especialmente bienes durables, y que las empresas han vuelto a desempolvar sus proyectos de inversión. Son algunas señales de que los motores se están calentando.
¿Cómo se puede explicar que aumente el gasto sin que aumente lo que producimos? En una economía cerrada ello es imposible —lo consumido y lo producido siempre coinciden—, pero en una economía abierta, el mayor consumo e inversión se pueden satisfacer con importaciones. Este es el caso en la actualidad, donde el incipiente entusiasmo del sector privado está orientado a compras de microondas, refrigeradores y maquinaria en el exterior. Así, son las mayores importaciones —y no una mayor producción interna— el fenómeno más llamativo de la coyuntura actual.
Esta disociación entre demanda interna y producción no puede durar para siempre, por el simple hecho de que el mayor gasto se financia con deuda, y esta no puede acumularse indefinidamente. De persistir el entusiasmo, es de esperar que la mayor demanda poco a poco comience a permear la actividad local, y que la inversión de las empresas pase de la renovación de máquinas importadas a las obras de infraestructura, generando mayor empleo y recaudación tributaria.
La compra de bienes durables y la reposición de bienes de capital ha sido particularmente castigada por la incertidumbre que ha dominado el país en los últimos años. Después de todo, para tomar deuda se requiere un horizonte sin demasiados nubarrones. Algo parecido ha pasado en las empresas, que se han resistido a renovar su maquinaria en un país incierto. Pero las cuentas del Banco Central muestran que el sector privado está comenzando a sacudirse de la modorra.
Parte de las muchas tareas del próximo gobierno será crear las condiciones para que este entusiasmo se consolide. Si el país despierta, un buen viento de cola puede acompañarnos en los próximos años.