Cuando escribo una columna, lo más difícil es encontrar el tema, particularmente cuando quien escribe sigue solo de manera parcial y escasa la actualidad nacional, entendiendo que esta página está ligada, en cambio, a ese ámbito del acaecer.
En este caso, al contrario, tuve siempre a la vista recomendar un libro que estoy leyendo, aunque no lo he terminado de leer, porque se me interpuso la vida y se interpusieron también otras lecturas, en una dispersión casi patológica que me aqueja.
Se me ocurrió entonces escribir una serie de columnas sobre libros que estoy leyendo y no he terminado, en vez de reseñar libros leídos como lo hago en la crítica.
Humanidades es el libro que estoy leyendo ahora y su autor es Carlos Peña, el prestigiado e influyente intelectual en los medios y también en el mundo académico.
Es un libro más bien breve, enjundioso, con un lenguaje claro, referencias cultas, pero que se explican en el texto, en tono reflexivo y deliberante.
Lo que, de entrada, me gusta de él es el tipo de reflexión sobre humanidades que plantea, una reflexión desde las humanidades mismas, con un lenguaje que es clásicamente el de ellas. Peña no cae en la especialización ni en una jerga interna. Su tesis, en lo que va corrido del libro, es que las humanidades no solo —como lo han dicho muchos— pueden ser defendidas a partir de ciertas “utilidades” —como lo arguye hábilmente Martha Nussbaum—, sino que su asunto, lo que a ellas les compete y han abordado a lo largo de su historia, es esencial a la cultura.
Humanidades es un libro que postula una defensa de las humanidades a partir de una reflexión acerca de ellas en sus valores y tensiones internas. Uno de los principales méritos de este libro, y que aparece rápidamente en su lectura, es, en efecto, poder observar a las humanidades en acción, desplegándose con todos sus matices, riqueza y diversidad.
En su visión, estas no son simplemente disciplinas que se puedan descartar o ubicar su estudio institucional en un segundo o tercer nivel. Sin humanidades, la cultura, por ejemplo, se vería privada de una profunda dimensión de crítica en su doble raíz y tronco que son el lenguaje y la historia.
La cultura de cada figura epocal se define en la articulación de lo visible y lo invisible, de lo que se muestra y lo que se oculta, de lo real y lo ficticio. Las humanidades guardan y trabajan en esos pliegues, en el lugar donde se juegan esas distinciones.
La lectura me ha resultado estimulante y mueve a regresar a Ideas de Perfil.