No somos pocos los que cada tanto tomamos nuevamente “Don Quijote” y volvemos a algunos de sus hilarantes capítulos. Cada uno tiene sus preferencias en tal sentido y escoge lo que le parece o recuerda mejor; en mi caso, aquellos capítulos cuyas situaciones y personajes nos divierten y hasta mueven a risa, no precisamente para rebajar aquellas ni estos, sino para recapturar algunas brisas de humor. Como dijo alguna vez Orwell, el humor no degrada a nadie, sino que sirve para darnos cuenta de que ya estamos degradados.
El humor no consiste en contar chistes, ojalá muy rápidamente, uno detrás de otro, como suele ocurrir en los asados. En estos los contadores de chistes se instalan frente a la parrilla y no paran. Un amigo contó una vez el chiste de un camionero que sube una monja a la cabina en Ovalle y el relato termina cerca de Chiloé.
El humor es una virtud, un hábito positivo, y consiste en un estado o condición que tienen ciertas personas y no en un conjunto de salidas chistosas, sin olvidar que el humor más virtuoso es aquel que se practica a costa de uno mismo y no de los demás, como lo que contó Freud en su “Tratado del chiste”: un condenado a muerte camina hacia el patíbulo un lunes temprano por la mañana y comenta a los dos guardias que lo custodian: “Vaya manera de empezar la semana”. Las muestras de humor son una explosión de sentido, una desilusión gozosa, una frustración enaltecida.
El conocido discurso del Quijote sobre las armas y las letras tiene humor, pero sin nada de cómico. Es una seria y abierta defensa de las primeras sobre las segundas y una celebración del espíritu guerrero antes que del de los letrados. Por más que se le busquen interpretaciones acomodaticias, ese discurso cervantino es políticamente muy incorrecto. Cervantes y su personaje no habrían estado nunca de acuerdo con el lema hippie de los 60, “Hagamos el amor y no la guerra”. Y nos referimos aquí a la guerra en sentido estricto, o sea, aquella que se hace con las armas para liquidar enemigos que combaten a muerte, como acontece hoy mismo cuando tenemos largas guerras en marcha, sin necesidad de que los muchos países involucrados tengan que enviar tropas al frente de batalla y luchar cuerpo a cuerpo. No me refiero a la llamada “guerra cultural” que promueven las derechas ni tampoco a la de aranceles que encabeza Donald Trump.
Cervantes, quien además de escritor fue soldado, argumentó a favor de la guerra en nombre de la paz, como continúa siendo la regla de todos los guerreros que hemos conocido y de los que hoy se solazan utilizando las armas. La guerra se hace y se persiste en ella durante años en nombre de la paz, de manera que el objetivo que persigue es siempre la bienaventurada paz, mientras se incrementa el muy lucrativo negocio de las armas, cada vez más sofisticadas, pero con efectos igualmente brutales a los de siempre. Aquellos países que hoy dicen no estar en guerra, de hecho lo están. Fabrican más armas que nunca y las venden a muy buen precio o las donan a algunos de los bandos que combaten encarnizadamente. En la actualidad, “paz” equivale a “treguas” que se rompen a cada instante, mientras los Estados o grupos en guerra intercambian “rehenes”, es decir, cadáveres de uno y otro lado.
Si el engaño y la mentira son dos conocidas señoras de toda guerra, otras son el cinismo y la hipocresía.