No hay nada más cómodo en el plano de la discusión futbolera que ser tajante. Si uno lo es al dar una opinión —algo a lo que todos tienen derecho aunque no estén particularmente informados—, parece que no se requiere argumentar.
El tono y la inflexibilidad parecen ser suficientes para sentar una verdad. Viva el sofisma, el argumento falso con apariencia de verdad.
Los viejos y memorables cronistas futboleros no pensaban lo mismo. Para ellos había un par de principios a la hora de entregar una visión o perfilar a algún personaje: sostener con pruebas lo que se estaba diciendo o escribiendo, y nunca jamás señalar que lo que se está poniendo hoy como verdad se mantendrá de la misma forma mañana.
El fútbol no admite otra manera de verlo. Emulando a Ernesto Sabato (y siendo excesivamente grosero con su obra), esto no puede tratarse como una constante dicotomía sobre héroes y tumbas. Todo es variable de acuerdo a las circunstancias, a los momentos y sin duda a los resultados.
Los jugadores, y especialmente los entrenadores, son protagonistas de estos vaivenes. Como es muy improbable que puedan mantener una constante en eficiencia competitiva, es injusto que sean calificados de acuerdo a resultados específicos o campañas de corto plazo. Para bien o para mal.
Un director técnico puede ser campeón con su equipo un año y meses después estar peleando los últimos lugares. O puede que en un club sea un desastre y en otro encuentre la gloria.
Por eso la evaluación debe ser más amplia. Analizar con perspectiva, considerando todos los factores, observar comportamientos y trabajos más o menos extensos. No hacerlo es un error intelectual.
Por estos lados eso parece ser una constante. Un ejemplo de muestra: Gustavo Álvarez, el entrenador de Universidad de Chile, cumple campañas muy eficientes en ese club: reconstruyó a la U en medio de una confusión general, y de desprolijos e ignorantes planes dirigenciales sin conocimiento mínimo de lo que representa la institución.
Le elevó el nivel de competividad, le entregó un sello futbolístico y le devolvió el protagonismo extraviado.
Por esto, no fueron pocos los que hace un par de meses lo estaban candidateando para ser el nuevo seleccionador chileno.
Pero ¿qué pasó? Resulta que Álvarez no fue campeón nacional el año pasado y es probable que tampoco lo sea este año. Y por ello, a ojos de muchos (incluso de un grupo que le prendía velas) ya no es tan top. No solo eso. Han puesto como “única” salvación a su continuidad en la banca azul ser campeón de la Copa Sudamericana (porque ni siquiera basta que le haya ganado una final a Colo Colo este fin de semana).
Increíble. De bestial a bestia, como decía Fernando Riera, es la vida por la que transitan los entrenadores, muchas veces a causa de evaluaciones y afirmaciones impulsivas, contundentes e irreflexivas.