El cambio generacional de la Roja y la evolución que ella logre en el corto y mediano plazo no habrá que analizarlo solo a través de los resultados que el equipo obtenga.
Claro, siempre va a ser un parámetro de medición relevante el cómo un equipo compite, cómo juega y qué obtiene, pero como en los trabajos de selecciones no existe la posibilidad de ejecutar grandes transformaciones por la carencia de tiempo, la ruta a seguir es la observación del crecimiento que, individualmente, van teniendo los jugadores seleccionados en sus clubes.
Ello da indicativos más relevantes, arroja datos más certeros. La escala evolutiva que tuvo la “generación dorada” es un buen ejemplo.
Si bien el trabajo de Bielsa, Borghi, Sampaoli y Pizzi (quienes fueron los DT de la Roja en los momentos más relevantes de esa generación) tuvo mucha significación en aspectos de motivación, estructuración táctica y potenciación de cualidades, fue el crecimiento que la mayoría de los jugadores tuvo en sus carreras lo que hizo que Chile progresara competitivamente.
Que en los últimos años Chile no haya tenido sino que fracasos sonados a nivel competitivo, se puede entender por la cada vez menor presencia de jugadores en la élite futbolística.
Esa tendencia aún no se ha logrado romper. Hoy Europa no es el mercado abierto que tuvieron los chilenos de la “generación dorada”. Y eso es un punto de partida preocupante.
Si hasta hace algunos años Bravo, Medel, Jara, Beausejour, Fernández, Vidal y Sánchez transitaban como si nada por ligas y equipos potentes de ese continente, de los actuales seleccionados nominados por Nicolás Córdova, y que ahora surgen como eventuales soportes de la generación que viene, la mayoría de los que están hoy en el Viejo Continente lo hacen en equipos de medianía de tabla en sus ligas (Suazo en Sevilla, Maripán en Torino), en clubes de segunda o tercera división en Inglaterra (Vigouroux, Reyes, Brereton), o en campeonatos de tono menor (Osorio, en Dinamarca, y Saavedra, en Rusia).
La realidad del nuevo contingente está limitada a torneos americanos. Los principales referentes actuales son el campeonato argentino donde están Díaz, Pérez, Loyola y Cabral; y Brasil, con Kuscevic, Román, Aravena y Tapia.
A ellos les siguen los dos que están en México (Echeverría y Barticciotto) y el único que juega en la MLS (Gillier).
Poquito. Pero hay algo peor. Si bien todas estas ligas encandilan menos que cualquiera de las cinco más grandes de Europa, son más potentes que la chilena tanto económica como deportivamente.
No obstante ello, de la deslavada y depreciada competencia nacional sale una cantidad nada despreciable del seleccionado actual: 10 jugadores (Matus, Sepúlveda, Hormazábal, Garguez, Pizarro, Assadi, Altamirano, Ramos, Cepeda y Gutiérrez).
Romper esa tendencia en el corto-mediano plazo, algo que solo podrá producirse si es que los jugadores seleccionados alcanzan niveles de desarrollo importantes en sus clubes, es la materia a la cual hay que abocarse ahora, lo que se debe observar.
Nadie hará milagros con un par de microciclos, charlas por Zoom o cinco días de convivencia en Pinto Durán.