Sentenciar el actual estado de las cosas en Colo Colo con la palabra “crisis” no es exagerado. Lo está. Y en todos los niveles posibles: futbolístico, institucional, de seguridad e incluso de identificación, porque hoy el club albo, en su centenario, parece no tener un target definido de nuevos seguidores, socios, accionistas o como se les quiera llamar.
Fijado entonces el estado en el que se encuentra hoy el club albo, hay que decir otra cosa: que esté en crisis es parte de su historia, por lo que tampoco parece lógico establecer estados terminales.
Colo Colo se fundó a raíz de una crisis. Y a lo largo de sus 100 años ha enfrentado intervenciones, intentos de apropiación de diversos gobiernos, un proceso de quiebra, un cuasi descenso y, por cierto, decenas de malas rachas que, en su momento, fueron calificadas como signos de un inminente hundimiento institucional.
Pero, así y todo, el equipo de Arellano siempre ha salido a flote.
Y cuando ha resurgido y comenzado a vivir una buena era, poco y nada se acuerdan sus hinchas (los de verdad, no los oportunistas o los que simplemente son delincuentes que van a cometer fechorías a los estadios) de los malos momentos. Y es que las crisis en Colo Colo se viven, se sufren, se lloran incluso, pero también se olvidan, se archivan, se eliminan del recuerdo.
La crisis que está viviendo hoy Colo Colo no dista mucho de otras. No solo está dentro del contexto histórico, sino que incluso, haciendo un rápido cálculo matemático, dentro del habitual ciclo que cada cierto tiempo vive como institución.
Por cierto que todo esto no es excusa para buscar las razones por las cuales justamente ahora, cuando celebra un centenar de años, esté viviendo una de sus habituales crisis.
Y no es difícil encontrarlas: todos los estamentos que conforman el club han querido demostrar ser más que todo el conjunto.
La cruenta, despiadada y francamente ordinaria pelea dentro de Blanco y Negro es un ejemplo. Pero no el único. El Club Social, ese que muchos aún ven como la “reserva moral” de Colo Colo, también es un bastión para anclar intereses personalistas.
¿El equipo? Una hoguera de vanidades por donde se le mire, con jugadores que derechamente se sienten más de lo que son en términos futbolísticos y que, además, creen firmemente en esa tontería absurda de los “códigos” y de que “las cosas se arreglan en el camarín”.
En medio de todo esto, como guinda de la torta, la ausencia de liderazgo técnico ha sido evidente.
Jorge Almirón puede que sea un buen estratega (lo ha demostrado en varios momentos de su carrera, incluso el año pasado en Colo Colo), pero es un pésimo líder.
Cuando se vio sobrepasado por la desidia, el conformismo y la mediocridad de sus jugadores, no salió a poner orden. Se amurró. Hizo pataletas. Como cabro chico mañoso. Y le dio lo mismo.
Si a todo ello se suma que el estadio, sus alrededores, sus galerías, tienen enquistados piños o bandas, el cóctel es perfecto. La crisis está extendida en toda su expresión.
Como ha sucedido otras veces. Como pasa siempre en Colo Colo. Lo que sí, esta vez reconozcan que es parte de su naturaleza.