La decisión oficial de la Democracia Cristiana de apoyar una candidatura comunista marca el definitivo punto de disolución de ese partido. La DC podrá manifestarse todavía con unos pocos gestos de vitalidad, pero no serán más que las convulsiones finales del pez fuera del agua.
Ya cuando compartió gobierno con los comunistas, en Bachelet II, el partido emitió una pésima señal, por completo contradictoria con su doctrina y con su historia. Ahora, ha dado un paso que resulta simplemente devastador para su futuro institucional.
Pero el que los órganos oficiales de la DC hayan tomado esa decisión no significa que todos sus militantes y simpatizantes la compartan. Muchas veces la representación formal no da cuenta de la auténtica voluntad popular. Casi con toda seguridad, eso es lo que sucede con la opción que se ha escogido en la DC, por lo que buena parte de sus electores, absolutamente desanimados, emigrará hacia otras opciones. Lo harán en parte hacia Amarillos, o hacia Demócratas o, incluso, hacia aquellas candidaturas derechistas que les resulten aceptables. Pero, ¿será esa fuga de votos una opción definitiva? No, de ninguna manera. Esos cientos de miles de votantes, mitad nostálgicos, mitad esperanzados, seguramente estarán bien dispuestos para unirse a una alternativa que realmente los represente a largo plazo. Quizás Amarillos o Demócratas puedan cautivarlos en el próximo proceso, pero si los electores referidos han permanecido hasta ahora en la DC, es porque ninguna de esas dos opciones los ha satisfecho plenamente.
¿Es entonces posible que nazca una alternativa auténticamente socialcristiana, falangista, en sus convicciones e historia? Sin duda que sí.
Sabemos que hay iniciativas en marcha en ese sentido y que, con toda seguridad, encontrarán espacio para discurrir y proponer estas tres cuestiones básicas: una sociedad centrada en la concepción cristiana de la persona humana, una economía en que la solidaridad y la gratuidad sean bienes fundamentales, y unas instituciones en que se busquen los acuerdos coherentes, por encima de las victorias del momento. Dos importantes libros recientes pueden servir de marco teórico a quienes vienen reuniéndose para concretar esa opción. Por una parte, “Estado social”, de Eugenio Yáñez, texto en el que se explican con lucidez las coordenadas de esa concepción estatal, tan típicamente socialcristiana. Y, por otra, “Neoliberalismo, una idea en disputa”, de Álvaro Vergara, libro en el que encontrarán los nuevos falangistas notables explicaciones sobre los vínculos entre la Escuela de Friburgo —tan decisiva para el socialcristianismo— y las escuelas austríaca y de Chicago.
¿Una nueva Falange debiera ser una opción de derecha o de centro? Más allá de la ambigüedad que contienen esos dos conceptos, lo que sería conveniente es que fuese una opción de centro que no tuviese ningún problema para hacer alianzas con las derechas, algo ciertamente muy distinto del complejo democratacristiano en la materia. ¡Cuántos dramas de Chile se habrían evitado si desde la DC no hubiese habido casi siempre un parche rojo sobre el ojo que podía mirar con benevolencia a la derecha!
A su vez, desde las derechas, debe ser bienvenida toda iniciativa que reúna a quienes legítimamente poseen una identidad que autodefinen como “humanista cristiana”, a pesar de las tristes experiencias que enfrentaron a esas dos miradas en el pasado, y de los atávicos resquemores que se generaron en sectores de las derechas. Si esa confrontación se supera hacia el futuro, una nueva articulación entre conservadores, liberales y socialcristianos será posible, para el bien de Chile.