Lo que en un momento parecía un dulce sueño para Chile Vamos y su candidata se ha ido transformando en una agria pesadilla de la que el sector no logra despertar. Hace solo unos meses, Evelyn Matthei lideraba con comodidad las encuestas y su camino hacia La Moneda parecía despejado. Sin embargo, las cosas han cambiado radicalmente para ella. Desde que las nubes comenzaron a acumularse en su horizonte electoral, la campaña da palos de ciego. La abanderada comienza a experimentar el riesgo de una terrible y mortal soledad, mientras observa cómo José Antonio Kast y Jeannette Jara toman ventaja en los sondeos y a sus espaldas asoma la sombra de Franco Parisi.
La candidata se ha “sichelizado”. Tal como le sucedió en 2021 al ahora alcalde de Ñuñoa, Matthei ha visto evaporarse una cómoda ventaja inicial, se muestra molesta e incapaz siquiera de mencionar un eventual respaldo a José Antonio Kast en segunda vuelta, y empieza a ver cómo los apoyos internos se diluyen a medida que avanzan las semanas. Al igual que Sichel en su momento, Matthei elude la autocrítica y culpa al empedrado por sus insuficiencias. Luce confundida, enojada, incluso desesperada.
Los acontecimientos de esta semana sirvieron para desnudar varias de sus falencias. Trató de pasar a la ofensiva contra la pretendida “campaña asquerosa” de los republicanos y anunció una querella. Pero lo suyo fue una andanada que pronto agotó la munición. Peor aún, la fallida táctica dejó en evidencia las dudas que existen en su propia coalición respecto de una campaña extraviada.
Cuando uno dice estar tan seguro de quién es el que lo está injuriando, no debería proclamar una querella “contra quienes resulten responsables”, que es la fórmula que tradicionalmente se ha usado en nuestra política para dejar las cosas como están. Cuando uno ha sido protagonista de escándalos que marcaron época, no debería andar victimizándose. Cuando uno ha señalado que se siente inspirado desde la juventud por Margaret Thatcher, debería exhibir un carácter de hierro y no una epidermis sensible ante ataques que, aunque cobardes y difamatorios, son moneda corriente en las campañas electorales. Cuando uno es general y lanza una ofensiva, debería estar seguro de contar con soldados que no miren para el lado y abandonen la batalla al primer pistoletazo. En fin, cuando uno aspira a dirigir el país, debería exhibir templanza en situaciones críticas, fijar la vista en el objetivo y seguir adelante, aunque los perros ladren.
Pese a que inicialmente prometió que no cejaría en su denuncia, en último término la candidata tuvo que retroceder con más pena que gloria. Su mal concebida ofensiva no solo incumplió un acuerdo previo entre republicanos y Chile Vamos para “dar vuelta la página”, sino que también puso piedras en el camino a las negociaciones para que ambos bandos celebren acuerdos por omisión en varios distritos y circunscripciones de cara a las parlamentarias. O sea, la táctica polarizadora no fue más que un costoso y revelador paso en falso.
El problema real de Matthei, por supuesto, no consiste en unos memes hirientes (“pesadeces”, como los llamó el presidente de la UDI) publicados en redes sociales. Es algo mucho más profundo: su campaña no encuentra el mensaje ni el tono para empatizar con el electorado. Sin ideas claras, carente de propuestas convincentes y un rendimiento que va a la baja, a la abanderada se le acaba el tiempo. El peligro del desfonde se hace cada vez más nítido. Dependerá de lo que digan las encuestas en las próximas horas. Si no hay una pronta señal de repunte, es probable que muchos postulantes al Congreso de la centroderecha escojan cambiarse a caballo ganador y opten por alejarse de una candidata que, pese a ser una pianista consumada, no logra dar con la tecla y desafina en el peor momento.