El año pasado, a estas alturas, Coquimbo Unido estaba entreverado de lleno en la lucha por el título.
El elenco “pirata”, dirigido por Fernando Díaz —quien incluso estuvo varias semanas fuera de funciones por una urgencia médica— hizo una impecable y sorpresiva primera rueda, mezclando una interesante propuesta colectiva con el gran nivel de algunas de sus individualidades, esencialmente de Luciano Cabral.
Coquimbo, sin embargo, no pudo mantener el ritmo competitivo en la segunda parte del torneo. Tanto así que, al terminar en octavo lugar, incluso quedó fuera de la clasificación a la Copa Sudamericana.
Más que un fracaso, fue una decepción, un golpe duro a la justa ilusión que se habían hecho los siempre leales seguidores de la escuadra aurinegra.
¿Qué pasó esa vez con Coquimbo Unido? ¿Por qué sucumbió como aquel ciclista que en la ruta se escapa y que en el tramo decisivo es cazado por el pelotón y queda lejos del primer lugar?
Sin duda que no hay una sola respuesta. Siempre hay muchos factores. Pero puede resumirse en uno solo para fijar la discusión: no hubo decisión institucional real para dar la pelea final. Para ser más específicos, primó el objetivo mercantil por sobre el deportivo.
Por cierto que en ese momento de máximo rendimiento, cuando se abrió el mercado, el crack Cabral fue la joya que se exhibió en la vitrina. Era, sin duda, la gran piedra preciosa que debía venderse en ese momento. Y así fue. Cabral se fue a México y los controladores del club —que todos saben qué motivaciones tienen, aunque no muestren sus rostros o finjan ser solo “asesores”— hicieron la pasada y salvaron el año.
Lo malo no es, por cierto, ganar algunos dólares. Lo criticable es que, siendo teóricamente buenos negociantes, los mercaderes coquimbanos no se preocuparon de hacer algo lógico: ocupar parte de las ganancias reinvirtiendo para así mantener a Coquimbo en la lucha por ganar el título o llegar a una Copa. No consideraron que, de haber conseguido eso, más dólares hubiesen entrado a la caja.
¿Aprendieron los controladores la lección? Puede que sí.
Este año, se confirmó la idea de continuidad con la presencia de Esteban González —exayudante de Fernando Díaz— en la banca, se mantuvo la base del plantel del año pasado con solo algunas salidas (la del lateral Dylan Escobar, por ejemplo) y se incorporaron jugadores en puestos esenciales como en el mediocampo (un excelso Matías Palavecino, quien conocía el club) y un eficaz atacante (Cecilio Waterman, uno de los goleadores del torneo).
Ello hizo que, hasta ahora Coquimbo no solo haya vuelto a lo más alto de la tabla, sino que sea, en verdad, el equipo que mejor juega.
Coquimbo tiene una propuesta bien definida (de juego directo), líneas y zonas de juego bien cubiertas, eficiencia colectiva y alto nivel individual de varios jugadores (Bruno Cabrera debe ser el mejor zaguero central del torneo). Es un gusto verlo jugar.
Y parece que los señores que tienen el Excel con las finanzas aprendieron parte de la lección, porque esta vez no solo no corrieron a vender la mercancía y mantuvieron a sus cracks, sino que incluso se reforzaron un poco (con Cristian Zavala).
A ver si ahora llegan a la playa los coquimbanos y no se ahogan solos en el camino…