Buen deportista no se trata solo de aquellos individuos talentosos que superan en destreza a sus contendores. Normalmente son personas que, además de ser capaces de cosechar éxitos gracias al trabajo arduo y a sacrificios, se caracterizan por desplegar una etiqueta de conducta honorable en la cancha, y menos a menudo, fuera de ella. Buenos deportistas ostentan triunfos sin trampa, dopaje o corrupción. No entregan su participación a intereses mezquinos o desvirtuados de las reglas deportivas. No caen en la tentación de humillar a sus contendores, y si el adversario es víctima de una dificultad invalidante, lo apoya, a pesar de que pueda comprometer su propio desempeño.
Adoptar la conducta de un buen deportista en la competencia política es tanto o más significativo que en el deporte. El principio The winner takes all opera tanto en el deporte como en política, pero no da lo mismo su significado en cada ámbito. The winner takes all; sí, los cargos obtenidos por mayoría no se comparten, del mismo modo que las medallas no se comparten. Pero hay diferencias importantes. En el deporte, el fin de la competencia es el fin del asunto, mientras en política es solo el comienzo. A partir del triunfo, el político debe comenzar a ejercer el cargo. Además, el triunfador en política no se representa a sí mismo, sino que actúa en representación de los ciudadanos.
A diferencia del deporte, la competencia política pone en relieve la competencia de aspectos intangibles que representan los candidatos, tales como sus ideas sobre políticas públicas, estilos de gestión, reputación personal, trayectoria y experiencia. Por otro, pone en competencia aspectos materiales de interés para los votantes, tales como la distribución y destino del gasto público.
Si seguimos la lógica deportiva, el ganador de la competencia política podría suponer que cuenta con la legitimidad de llevar adelante las ideas de su preferencia y descartar cualquier compromiso respecto de las ideas y preferencias erigidas por sus adversarios, pues the winner takes all. Esta conducta ha ocurrido en múltiples oportunidades, en que ganadores en política tratan de llevar adelante agendas ambiciosas o extremas y cruzan una línea invisible de conducta, actuando como una aplanadora en los ojos de los perdedores. Ahí, la medalla se recibe humillando al adversario y se actúa como un mal ganador, un mal deportista. En otros casos, puede darse que los perdedores les nieguen la sal y el agua a los ganadores y no permitan tomar posesión de la medalla. Desafían los proyectos de los ganadores en toda instancia posible: sedes judiciales, administrativas; pueden ser complacientes con la autotutela; promover funas y manifestaciones públicas de grupos de interés y activistas (de ahí una frase célebre “un pie en el Congreso y otro en la calle”). En esos casos se actúa como un mal perdedor, ejemplificando a otro mal deportista.
¿Cómo y por qué debemos aspirar a que la competencia política opere bajo reglas de fair play, con conducta de buenos ganadores y de buenos perdedores?
El “cómo” es sencillo: morigerando las ambiciones de agenda de políticas públicas por parte de los ganadores e incluir algunos aspectos levantados durante la competencia política por los adversarios.
El “por qué” también es sencillo de argumentar. Los ganadores deben gobernar para la totalidad de las personas y no solo para quienes los votaron. Las agendas deben ser inclusivas y orientadas más al votante mediano que a los hinchas polarizados. Los ganadores suelen desorientarse a la hora de interpretar los resultados electorales. Olvidan que los votos obtenidos no solo incluyen a votantes con preferencias puristas típicas de sus nichos, sino que abarcan la confianza de personas que tenían otras preferencias, pero cuyos candidatos quedaron en el camino. Una fracción de los votos obtenidos son “prestados” y se expresaron con el ánimo de optar por el mal menor y no como una preferencia por una agenda más radicalizada.
La sobreinterpretación del éxito electoral implicó materializar dos proyectos constitucionales fallidos y rechazados por las mayorías. Implicó practicar la sordera y obstinación dilatando por una década una reforma de pensiones. Para los más ideologizados, el eterno vaivén legislativo dilató generar un éxito para el adversario y de paso obtenía un éxito pírrico. Malos ganadores y malos perdedores conllevan gobiernos pendulares, creciente polarización, indefiniciones de política pública, pérdida de efectividad legislativa y, a la larga, deslegitimación de las instituciones democráticas.
Por eso, necesitamos promover una competencia política de buenos deportistas.
Bernardita Escobar Andrae