Un agrado viajar. También, regresar. Es lo que siento al volver después de tres meses en Europa. Un agrado volver a lo propio. Incluso volver a un invierno, porque despierta recuerdos de inviernos anteriores, como si uno estuviera recuperando el pasado.
¿Un pasado de tiempos mejores?
Trato de no ser uno de esos viejos que creen que siempre fue mejor antes. Pero me cuesta no sentirlo ahora, cuando en solo un trimestre el país parece haber empeorado.
Un primer síntoma de deterioro: en el aeropuerto, al llegar, una voz recomienda que al salir solo tomemos taxis oficiales, que evitemos los taxistas ilegales porque nos podrían estafar. Hay implícita en esta advertencia una terrible admisión. Señor pasajero, no podemos imponer la ley. No podemos detener a los criminales. Solo podemos advertirle de su existencia.
Para un extranjero, eso debe sonar alarmante. Claro que es nada comparado con lo que le irán aconsejando después. Que tenga cuidado en la calle porque lo pueden asaltar o, incluso, secuestrar o asesinar. Que nada menos que oficiales de las Fuerzas Armadas han sido detenidos por narcotráfico. Todo un hito, este, porque como dicen, si ves a un ratón, es que hay muchos más.
Otra cosa. Cuando salí de Chile en marzo tenía la esperanza de que, a fines de año, la presidencia se iba a disputar entre dos candidatas cercanas al centro. Que, después de las chambonadas del gobierno actual, el electorado iba a preferir racionalidad, moderación, experiencia. Pero en la izquierda ya rechazaron a una de esas dos candidatas, optando por la comunista; optando entonces por quitarle a la centroizquierda la palabra centro. A toda vista quedó en el suelo la socialdemocracia chilena, esa que tanto le aportó al país.
Desde luego uno podría argumentar, como consuelo, que Jara ganó en una elección en que participó solo uno de cada diez votantes. Y si bien los políticos del socialismo democrático han corrido a plegarse a ella, algunos con el noble propósito de moderarla y muchos más pensando en sus propias carreras, sus técnicos nos devuelven el alma al cuerpo. Muestran un encomiable pudor. Intuyen que los propósitos de la candidata (desarrollo peronista —¿o trumpista?—, no más AFP, nueva constitución) son demasiado indeseables. Para qué hablar de los de su partido, admirador de Cuba, Venezuela, Rusia e Irán.
Ojalá estuvieran mejor las cosas en la centroderecha. Allí también son muchos los que quieren borrar la palabra centro. Va a la delantera un candidato sin experiencia de gobierno, que ya se farreó la oportunidad de darnos una constitución que nos uniera. Por otro lado, no hay señales de que los republicanos cooperen para ganar las elecciones parlamentarias. Como resultado, no es imposible que la derecha pierda muchos distritos teniendo más votos. Y aun si ganaran la presidencia, ¿cómo pretenden gobernar con un Congreso adverso?
En cuanto a la coalición oficialista, increíble la resistencia a que voten extranjeros. Puede tener argumentos conceptuales válidos, pero levantarlos a cuatro meses de la elección es indecente; y que les sea obligatorio el voto, pero sin multa, es surrealista.
Finalmente, la cumbre “Democracia Siempre”. Como vengo de España me preguntan si creo que estará Sánchez, hundido como está en una tremenda crisis de corrupción. Creo que sí, por el alivio de estar un rato lejos de sus detractores. Además, intuyo que él y Boric se preparan para convertirse, cuando dejen el poder, en líderes internacionales de la izquierda, para lo cual la cumbre “Democracia Siempre” les sirve, por inconveniente que sea para los intereses de Chile, y por raro que parezca que la organice un gobierno cuya flamante candidata es comunista. ¿O será que los invitados, por ejemplo, Sánchez, que busca doblegar el poder judicial en su país, están optando por “un sistema democrático diferente”?
Qué difícil no ser de esos viejos que creen que era mejor antes.