Desde la perspectiva puramente futbolística (lo organizacional ya se ha comentado), la experiencia del Mundial de Clubes que se realizó en Estados Unidos entrega una primera conclusión: en este tipo de competiciones lo que prevalece y tiende a llevar al éxito no es la inspiración individual ni la luminosidad de los jugadores. Más relevante es la propuesta y el modelo de juego de los equipos.
El Mundial fue muy diferente a lo que era la Copa Confederaciones y, por cierto, a lo que es la Copa del Mundo de selecciones, porque más allá de los resultados eventuales, lo que se impuso fue que llegaron hasta lo más alto las escuadras que tenían una idea de juego más asentada, mejor asumida y trabajada, que los equipos de futbolistas top.
Chelsea, el campeón, y PSG, el subcampeón, les sacaron ventaja a elencos que están en procesos de formación (Real Madrid y Bayern Munich), o pasan por una fase de reorganización (Manchester City) o derechamente basan su poderío en una gran figura: el Inter Miami de Messi, por ejemplo
Eso permite entender la razón por la que equipos que parecían no tener posibilidades de llegar a instancias finales del torneo, como Fluminense (Brasil) o Al-Hilal (Arabia Saudita), igualmente pudieron hacerlo. Porque lograron equilibrar la lucha, porque basaron su plan de juego no en la disputa por prevalecer a través de individualidades (que evidentemente también tienen), sino que ajustando su ideario colectivo llevándolo al extremo del dogmatismo.
En un torneo de selecciones, sea cual sea su nivel, es muy difícil que acontezca ese fenómeno.
Con las excepciones que confirman la regla, los equipos nacionales, a diferencia de los clubes, nunca tendrán un nivel de preparación colectiva como para ganar a causa del formato o modelo de juego. Y es lógico que sea así porque los seleccionadores no tienen el tiempo para lograrlo, apenas se les puede exigir que tengan y expresen una idea general.
Por eso en una Copa del Mundo siempre destacan más los jugadores que los entrendadores. En el Mundial de Clubes que recién terminó, en cambio, la ecuación no fue tan drástica.
En la evaluación histórica quedarán grabados nombres de futbolistas que llamaron la atención, como Gonzalo García (Real Madrid), o justificaron su reconocido nivel, como Vitinha (PSG), Joao Pedro y Cole Palmer (Chelsea), Ignacio (Fluminense) o Bono (Al-Halil). Pero imposible excluir de la memoria las interesantes batallas que se dieron entre los DT, sintetizadas en la final, en que más allá de toda consideración (como el cansancio físico y mental), el italiano Enzo Maresca se erigió como gran ganador ante el español Luis Enrique.
Cierto es que en el análisis general, el de piel, el de simple fanático, las emociones no distinguen diferencias en enfrentamientos de clubes o selecciones. Los importante es ganar. Se sabe. Pero siempre hay más que eso. El Mundial de Clubes lo volvió a demostrar.