Es posible que en unas horas más las posibilidades matemáticas señalen que Chile no irá al Mundial 2026.
Claro, en una de esas los astros se alinean y prolongan la agonía para la próxima fecha FIFA. Sería dramático, porque ello solo tendría como efecto real la obligación de seguir escuchando las insólitas “explicaciones” de un entrenador como Ricardo Gareca que, de verdad, hace rato que no genera credibilidad en nadie.
Pero veamos, ¿es un drama no ir a una Copa del Mundo?
No, no es un drama.
Y es que, aunque la FIFA nos trate de convencer de que un Mundial es una fiesta que debe tener cada vez mayores invitados (ya vamos en 48 y luego serán 64), lo cierto es que esta es —o debería seguir siendo— una competición de élite a la que solo tendrían que acceder las selecciones que merecidamente lleguen, porque juegan bien y obtienen buenos resultados, y no porque hay cupos a destajo y se puede acceder a uno de rebote, como hubiese sido el caso de la Roja.
Llegar a un Mundial, en definitiva, no debiera ser solo un objetivo, sino que también —y prioritariamente— la consecuencia de un buen rendimiento. Porque una Copa del Mundo no es un torneo simplemente para participar. Es para competir. Para alcanzar la gloria deportiva. No para aparentar.
Por ello es que, más que empezar con los llantos y las cazas de brujas (todos sabemos quiénes son los que han hecho mal su trabajo) y realizar mesas redondas o cuadradas para hacer diagnósticos (todos estamos claros sobre las deficiencias estructurales que existen hoy en el fútbol chileno), lo que parece más sano es que los diferentes actores que tienen voz y voto en la organización, planificación y acción de la actividad, empiecen a hacer su pega.
Uno de ellos, y quizás de los más relevantes y que menos ha aportado en los últimos años, es el gremio de los entrenadores.
Hoy, los DT nacionales son solo un conjunto amorfo, amargado y lleno de figuritas de ego inflado que es incapaz de siquiera levantar liderazgos que les permitan tener opinión y construir planes y propuestas técnicas sólidas.
La mayoría opta por criticar, alegando falta de consideración cuando, en verdad, el entrenador nacional-tipo lo único que quiere es una especie de reconocimiento solo por cuestiones de nacionalidad y no de capacidad.
Ellos son parte del problema y deberían ser parte de la solución.
Más aún considerando que hoy tenemos en el fútbol chileno la fortuna, el honor, la gracia de tener trabajando activamente en el exigente medio europeo al mejor DT chileno de la historia.
¿Es tan difícil que los propios entrenadores unjan a Manuel Pellegrini como su líder? ¿Acaso no es el momento de dejar de lado las mezquindades y todos (o los que quieran y/o tengan las capacidades) se formen tras él para conversar, tirar ideas a la mesa, elaborar un plan y presionar para reformular la actividad?
Si es así, si es tan complicado, si no se puede, sigamos viendo los mundiales por la tele, que es desde donde hoy merecer observar una Copa del Mundo.
Ah, y que el último apague la luz…