Hablemos de las finanzas públicas del país. El gasto público avanza, los ingresos no alcanzan y los pasivos del Estado se acumulan hace años (sin trampa, cuente las partidas bajo la línea). Y a pesar de la evidencia, hay colegas que no se inmutan. ¿Y si escala la guerra comercial? Responden: más gasto. ¿Y si no escala? Gastamos más. Incluso algunos, con cierta amnesia selectiva, critican el período en que nuestro gobierno central era acreedor neto (2006-15). Es cierto que la economía nacional no era un cuento de hadas, Chile no era la Blanca Nieves o Rapunzel de la región, pero reflauta que se extraña ese orden fiscal.
Y hablando de cuentos infantiles, fíjese que siempre he considerado el de los tres cerditos espectacular, quizás el mejor. Si no lo recuerda, se lo resumo.
Había una vez tres cerditos que eran hermanos y se fueron por el mundo a conseguir fortuna. Eran chanchitos, pero con instinto humano. Al encontrar un lugar donde establecerse, el mayor planteó la necesidad de alcanzar el sueño de la casa propia (¿se acuerda cuando era posible?).
La historia cuenta que el menor —probablemente nacido entre el 81 y 96— declaró: “Mi casa será de paja, terminaré muy pronto y podré ir a jugar”. Se sospecha que la idea la sacó, como buen millennial, en uno de sus viajes a Brasil.
El del medio, con esa confusión que a veces aturde al del centro, optó por una casa de madera. Se pueden edificar viviendas de gran calidad con ese material, pero él construyó de forma desprolija y apresurada, pues también quería salir a jugar.
El mayor, curtido por la historia, decidió trabajar duro y dedicar tiempo al hogar. Optó por materiales sólidos. Sus hermanos le recomendaron utilizar BRICS, pensando que así se decía “ladrillos” en inglés (es bricks). El chanchito mayor los miró con cariño, los corrigió y construyó la casa como debía ser. No tuvo tiempo para carretear. El esmero en el trabajo tendría un inmenso retorno social.
Y llegó la crisis. El lobo feroz apareció. “Soplaré y soplaré y la casita derribaré”. Dicho y hecho. La de paja fue la primera en volar, seguida por la de madera. Los dos cerditos corrieron a refugiarse a la casa del hermano mayor, ese malo para la farra, pero con visión. Al ver que sus soplos no tenían impacto sobre el muro sólido, el lobo desesperado trepó al techo, entró por la chimenea y cayó sobre una olla hirviendo. Salió despavorido y nunca más se vio. El hermano mayor cantó “¡Quién teme al Lobo Feroz, al Lobo, al Lobo!”. En un acto de total patudez, los dos hermanos menores cantaron y bailaron también.
¡Qué coincidencia! Similar patudez se divisa entre quienes no ven en las tendencias de las finanzas públicas una fuente de preocupación. Parche por aquí, otro por acá, el crecimiento está asegurado, hay espacio para endeudarse, etc. Esa estrategia es justo lo que aprovecha todo lobo feroz al llegar a descarrilar la economía. Tomar el camino fácil, justificando el mayor gasto sin anticipar riesgos y shocks no es un buen cuento, pero sí uno de los más viejos de la región. Y colorín colorado… mejor no, suficiente de ese color.