La cifra crece año tras año. Y no hay vuelta atrás: según el último informe Digital News Report de la Universidad de Oxford (2024), el estudio más completo de consumo de noticias a nivel mundial, el 61% de los chilenos se informa hoy a través de las redes sociales.
Pero bajo el rótulo generalista de las redes sociales convive de todo: influencers, cuentas parodia, contenidos brandeados, publicidades, fake news, cuentas corporativas, delirios terraplanistas, producciones de inteligencia artificial... y también medios de comunicación.
El problema es que todo se entremezcla. Por su naturaleza frenética, su consumo compulsivo y su oferta algorítmica basada en gustos, resulta difícil recordar quién está detrás de cada posteo, carrusel, video, reel o short y, lo peor, casi imposible discernir sobre la calidad y la importancia de los contenidos. No es factible hacer periodismo desde cualquier posición, porque no existe un periodismo ciudadano de calidad con procesos y una búsqueda sistemática de la verdad y el bien común.
En este escenario de sobreabundancia babélica, los medios de comunicación que ejercen el periodismo son más indispensables que nunca.
A diferencia de cualquier otro generador de contenidos, estas organizaciones son las únicas que dedican su existencia al reporteo de la información, al contraste de los antecedentes con los hechos y los datos, y al chequeo y contrachequeo previo a sus publicaciones. Todo esto, utilizando rutinas profesionales y procedimientos de acceso a la información que deberían enmarcarse en la ética y la legalidad vigente.
Por sí solo, el punto anterior marca una diferencia abismal frente a todo el resto de los contenidos que circunnavegan en nuestros dispositivos móviles todo el día. Los medios nunca se toman feriado ni se van de vacaciones y menos renuncian a su rol de garantes de la información con fines que contribuyen al desarrollo de las sociedades en las que están insertos. A través de su trabajo de excelencia buscan acumular confianza y compromiso para los tiempos de crisis y conflictos, como los que se viven actualmente.
Pero hay más. Para aspirar a la calidad, los medios periodísticos realizan un ejercicio cotidiano de selección de fuentes, eligiendo a aquellas que, por aspectos objetivos y comprobables —como competencia o autoridad—, son las más idóneas para explicar, contextualizar y analizar las informaciones.
Esto es condición de posibilidad para un debate público informado, amplio, ponderado y pluralista, donde los actores que defienden las distintas posiciones relevantes de la sociedad se presentan ante la audiencia en función de sus méritos en los temas, y no por el nivel de likes que potencialmente pueden generar.
Este último aspecto es de la mayor importancia social, ya que, frente al ruido, la desinformación y la altisonancia cada vez más propia de las redes sociales, los medios periodísticos cumplen una función de plaza pública moderna, enmarcando en ellos un debate racional, fundamentado y sobrio que permite a los ciudadanos formarse opiniones a partir de la evidencia y la calidad de los argumentos y, de ese modo, tomar mejores decisiones en los más diversos planos de su vida.
Pero los medios también nos interpelan, ya que está en nosotros convertirnos en ciudadanos bien informados e interesados en lo que pasa en Chile y el mundo más allá del metro cuadrado de cada cual. La contribución profesional del periodismo con las grandes discusiones que existen en el país es aportar en los debates públicos, pero también en los privados y familiares, porque la información seria y de calidad ayuda a jerarquizar la evidencia, organizar las ideas y, en último término, empatizar con los demás y construir una mejor sociedad.
Cristóbal Benavides
Cristián Rodríguez
Facultad de Comunicación, U. de los Andes