Dentro del variopinto escenario económico en la región, los problemas de Brasil solo parecen acumularse. La inflación amenaza con escaparse, y como consecuencia de ello, las tasas de interés están al alza, como en ninguna parte. La actividad el año pasado fue sorprendentemente robusta, pero todo parece indicar que obedece en buena parte a un gasto público insostenible. Por ello, para este año y los siguientes, los números apuntan hacia una baja sustancial de su dinamismo.
Aunque sea tentador atribuir los males de Brasil a Trump —está de moda hacerlo—, lo cierto es que los problemas cariocas vienen de antes. Y es que el desempeño del gobierno de Lula ha sido pobre, y la economía está en un problema fiscal mayúsculo. El exceso de gasto del gobierno en 2024 fue de casi 8% del producto, y para este año se estima aún más alto. El hambre de gasto de Lula ha dado paso a un aumento en la inflación y a una creciente preocupación por su capacidad de manejar responsablemente la economía.
La presidencia de Lula entre 2003 y 2010 estuvo acompañada de buenos resultados económicos. En contraste con las magras expectativas que existían a fines de 2002, cuando los mercados miraban con pavor su llegada al gobierno en un contexto de alta deuda pública, la economía brasileña creció y el temido default de la deuda pública nunca se produjo. Este éxito catapultó a Lula como una persona de izquierda responsable en su manejo macroeconómico.
Pero la cosa es algo más compleja. Los éxitos de su primer gobierno sucedieron en conjunto con un gran auge en los precios de las materias primas, que llenó las arcas fiscales de recursos. En ese contexto, lograr crecimiento y mejoras en las cuentas fiscales no fue tan complejo. Una historia similar vivieron la Venezuela de Chávez o la Argentina de los Kirchner, que a punta de buenos precios de exportación gastaron con desenfreno.
Para mala suerte, ahora no hay auge de las materias primas, pero sí sigue presente la incontinencia por gastar. Ya no existen los recursos fáciles para financiar el déficit fiscal y, al mismo tiempo, hay que destinar decenas de miles de millones de dólares para pagar los intereses de la deuda externa. Por ahora, el gobierno no parece inmutarse, mostrando la verdadera cara de Lula.
Son varios los gobiernos de la región que miden su desempeño en base a cuántos recursos gastan. Distribuir riqueza —y no ayudar a crearla— está en su ADN. Cuando soplan vientos favorables, esta lógica cortoplacista da réditos, pero en tiempos normales —ni que decir en los malos— este principio de acción gubernamental siempre fracasa. Brasil y Lula parecen no ser la excepción a esta lógica.