El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca ha configurado una inédita situación de riesgo institucional en EE.UU. Investido con los poderes que la Constitución le reconoce al presidente, y con el pretexto de “hacer más grande a América”, lleva adelante una ofensiva gubernamental en múltiples frentes que, en la práctica, socava esa misma Constitución, lo que ha creado un cuadro de convulsiones políticas y legales de difícil pronóstico. Como consecuencia de todo ello, surge una gran interrogante respecto de qué pasará con el orden internacional gestado después de la II Guerra Mundial.
En realidad, Trump está actuando tal como lo había anunciado en su campaña, y está confirmando cada día que el orden legal y constitucional, así como los compromisos de su país en el mundo, solo le importan como recurso para sacar ventajas, dominar y someter. Se comporta como un monarca absoluto que desprecia los controles. Además, esta vez encarna sin rubor el espíritu imperialista: Canadá, México, el Canal de Panamá, Groenlandia, Gaza, todo se puede conquistar o comprar. Es el expansionismo sin disimulo.
Entre los rasgos de personalidad de Trump, sobresale su ilimitada capacidad para falsear la realidad y mentir sin inhibiciones. Durante su primer mandato, The Washington Post llevó un alucinante registro de las falsedades que él lanzaba a diario. Todo indica que, esta vez, se superará a sí mismo. En tal contexto, no hay cómo eludir un asunto esencial: la falla estructural de la democracia estadounidense que ha permitido que un hombre moralmente desinhibido, que desconoció el legítimo triunfo de Biden en la elección presidencial de noviembre de 2020, y alentó el asalto al Capitolio, el 6 de enero de 2021 (que dejó 5 muertos y muchos heridos), haya vuelto a la cima del poder, indultado a 1.600 culpables de dicho asalto y se muestre hoy dispuesto a vengarse de los funcionarios del FBI que investigaron los hechos.
El sello distintivo de su ofensiva de las primeras semanas ha sido golpear a múltiples agencias estatales que asocia con el enemigo que quiere abatir. Se trata, sobre todo, de acomodar la estructura y las funciones del Estado a los intereses del grupo de multimillonarios que incorporó al gobierno. El más destacado de ellos, Elon Musk, el hombre más rico del mundo, encabeza en estos días el recién creado Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE) que, con la excusa de reducir la burocracia y el gasto público, se orienta a eliminar o desmantelar numerosos organismos y a despedir a miles de empleados federales. El desenfado con que actúa Musk, que intentó apoderarse de la información clasificada del Departamento del Tesoro, está provocando amplias protestas.
Lo que está en curso es un plan de captura del Estado por parte de una minoría inmensamente rica que busca ponerlo al servicio de sus intereses. Es, ni más ni menos, que un proceso de oligarquización del Estado. Por ejemplo, Musk propone el cierre de la USAID (Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional), sin ninguna consideración por el valioso papel que ha jugado durante largo tiempo al prestar asistencia económica y humanitaria a muchas naciones de Asia, África y América Latina.
La historia aporta suficientes evidencias de que la omnipotencia política es ilusoria y que, tarde o temprano, sucumbe ante la realidad. Pero puede causar inmensos daños en el camino. Si el delirio mesiánico de Trump consigue imponerse, el retroceso de EE.UU. será gigantesco, no solo en términos económicos, sino de herencia cultural y principios de civilización. Nada más distante del patrimonio liberal que el proyecto de dominación que él representa.
En su editorial del 10 de febrero, The New York Times sostuvo: “Estados Unidos está dirigido por un presidente que parece dispuesto a pasar por encima de cualquier persona, ley, estatuto del Congreso o país que se interponga en su camino. Se deja llevar por los impulsos y no tiene interés por las normas, la historia o la realidad. La forma en que los estadounidenses y el mundo traten a un presidente así determinará gran parte de los próximos cuatro años, y nos exigirá mucho a todos nosotros. Debemos estar a la altura del momento”.
Trump está actuando como el aprendiz de brujo, que desató fuerzas que después no fue capaz de controlar. Y dado que tiene una visión desorbitada de su propia importancia, es posible que no perciba que la sociedad estadounidense es más compleja de lo que él creía, y que amplios sectores pueden reaccionar en defensa propia. Sin darse cuenta, quizás está favoreciendo la comprensión de mucha gente de que es necesario resistir.
Sergio Muñoz Riveros