Desde que nos vimos el año pasado he estado pensando en si debería haberte escrito. Y no ha sido hasta hoy, cuando vi de pronto qué fecha era, que me decidí a hacerlo. Sin proponérmelo, volvieron a mí varios recuerdos de cuando éramos niños. Es algo nostálgica la sensación (ya sabes que de los dos yo siempre fui más artista para mis cosas y tú el más práctico), y la verdad es que de nuestra infancia guardo unos recuerdos muy entrañables.
No sé ni por dónde partir esta carta, perdón. Me propuse escribirte, eso es lo primero (y, conociéndome, un gran logro). Pero después de tanto tiempo, ahora que estoy sentado, no sé ni qué decir.
Me acuerdo de que en una fecha como la de hoy, cuando éramos niños, íbamos a tu casa y tu mamá nos preparaba dátiles con miel y leche fresca para celebrar. Tu papá te tenía un regalo que había hecho él, algún juguete o sandalias nuevas. Para mí tu casa fue siempre un segundo hogar, o quizá el primero. Siempre me sentí muy a gusto ahí. Pienso que no había nada distinto, nada llamativo, y sin embargo era especial estar ahí contigo.
Éramos inseparables. Fuimos realmente los mejores amigos. Incluso cuando invitabas al resto de los vecinos, nuestra amistad era especial. Jugábamos con Benja y tu primo Santiago. Me acuerdo que varias veces me acompañaste a la casa de mis abuelos al sur a pasar el verano. Era lo más entretenido que había, jugando todo el día y después yendo al lago. Podíamos conversar de todo, no había nada que nos separara. En una fecha como la de hoy te tenía siempre un regalo sorpresa, cosas de niños.
Y sin darnos cuenta llegó el momento de aprender un oficio. Tú seguiste el trabajo de tu papá, y yo me metí en los negocios del mío. Seguíamos viéndonos, pero es distinto el ritmo cuando uno comenzaba a estudiar y trabajar. Y ya sabes cómo soy. Después vinieron los pequeños viajes y cada vez me iba ausentando más y más, hasta que me fui a vivir definitivamente a otra ciudad.
Fui ganando dinero, cambié mis gustos. De a poco incluso dejé de ir a la sinagoga. No sé qué nos pasó. O qué me pasó a mí, la verdad. Tú seguiste escribiéndome, pero yo fui distanciando mis respuestas. Pienso que al principio no fue con mala intención. En la práctica se fueron cruzando cosas, y también a ti te fui dejando de lado. Quería ver el mundo, quería olvidarme de Nazaret y de aquellas calles polvorientas. Me conseguí nuevos amigos. Quería otra vida, ya está, ¿qué quieres que te diga? No sé cómo se complicó todo. Fui exitoso en mis negocios y aquí estoy, con todos los camellos que podría querer.
Y para complicar aún más el asunto, el año pasado nos encontramos y me pediste que lo vendiera todo para seguirte. Me parecía una locura, una verdadera locura, pero mientras más lo pienso, menos excusas me quedan. En una fecha como la de hoy, todo se vuelve mucho más fácil, y no puedo entender cómo es que me pude haber ido.
Me imagino que somos niños de nuevo y estoy contigo y tu papá ordenando el taller, o como cuando éramos más pequeños aún y nos poníamos a hacer pan con tu mamá y le dábamos masa cruda al perro. O cuando íbamos al mercado con ella y nos iba contando historias de nuestro pueblo. Me acuerdo de que rezábamos juntos, jugábamos juntos, estudiábamos juntos, todo de alguna manera era más fácil. Y cuando me acuerdo de estas cosas, realmente daría todo mi oro por revivir uno solo de esos días cuando éramos niños. ¿De qué me sirvió ganarlo todo si perdí lo más importante?
Me decidí a entregarlo todo, esa es la sorpresa que quería darte. Lo venderé y me pondré en camino. En fin, ya seguiremos hablando en persona (después de todo, tiempo para conversar no nos va a faltar). Me conseguí tu dirección con Andrés, aunque con todas tus idas y venidas entre ciudades, no fue fácil.
Es cierto que al inicio no sabía bien qué escribirte en esta carta. Quizá solo quería pedirte perdón por tener tanto tiempo viviendo como si no existieras. Quizá solo quería darte las gracias por haber estado siempre ahí. Quizá quería decirte que quiero cambiar y retomar nuestra amistad. En cualquier caso, debí haber partido diciendo lo más fácil, lo más importante, lo que de seguro esperas que todos te digamos en una fecha como la de hoy.
Debí haber partido diciendo, ¡feliz cumpleaños, Jesús!
Carlos Pirela