No es casualidad —ni parece serlo, al menos— que este año 2025 haya resultado prolífico para los jugadores chilenos en la liga argentina.
Varios, dentro del buen grupo que estuvo en los diferentes equipos de Primera División, fueron relevantes, al punto que en algunos casos, como el Rodrigo Echeverría (Huracán) y de Felipe Loyola (Independiente), se han convertido en una especie de objetos de deseo de los grandes del fútbol argentino ahora que se abre el mercado tras el término de la temporada.
¿Por qué no es algo sorpresivo que, en general, les haya ido bien a los jugadores nacionales en una liga tradicionalmente poco generosa para los futbolistas chilenos?
Hay varias razones.
Una es que, a pesar de las carencias y la falta de políticas serias a niveles formativos, es un hecho que se ha producido en los últimos años un cambio en la mentalidad de los jugadores nacionales.
Quizás más por una cuestión educacional y cultural que de trabajo específico en los clubes (con honrosas excepciones), hoy en general los jóvenes ven como algo más accesible todo aquello que antes parecía lejano, impalpable, inalcanzable.
El acceso instantáneo, en línea y vinculante con los mismos protagonistas de esas realidades que antes eran inaccesibles ha hecho que el joven pueda saber hasta el último detalle de lo que debe hacer si quiere triunfar fuera de su entorno o de su zona de confort.
También, hay que decirlo con todas sus letras, el trabajo de los representantes ha hecho lo suyo.
Por cierto que, en muchos casos, la labor de los agentes bordea o traspasa lisa y llanamente los límites de la sinvergüenzura, pero también hay un grupo, acaso más conocedor del fútbol que de los tips empresariales, que guía a sus jugadores con el objetivo de alcanzar los niveles de profesionalismo que se requieren para triunfar en medios más exigentes y competitivos que el nuestro.
Por último, y también como efecto del proceso de retribalización enunciado por Marshall McLuhan y comprobado por el explosivo desarrollo de los medios, los entrenadores —incluidos los del medio chileno— conocen todos las propuestas imperantes y si son capaces de traspasarlas, es obvio que ello se traduce en que algunos de sus dirigidos puedan llegar a un mercado más potente (como el argentino) y saber de antemano cuáles son las exigencias no solo generales de este (“es intenso”, “es más tosco”, “los equipos son más tácticos”), sino que la doctrina del entrenador que los dirigirá o del club en que estará inserto.
Claro, como en cualquier rubro, no todo está asegurado de antemano. Siempre, al trazarse un objetivo, hay que considerar la necesidad de ese plus (el esfuerzo personal, la dosis de suerte, la certera elección del lugar y el momento) que todo plan requiere para ser exitoso.
Pero eso parece que ya lo ha entendido al menos un grupo selecto de jugadores nacionales, los cuales, este año, demostraron que las distancias con el mundo se han ido acortando.