Un profesor de una destacada universidad norteamericana me comentaba sobre la discusión política en los pasillos de su facultad. En público, nadie osaba insinuar una visión positiva de Trump, pero en privado la cosa cambiaba. No se trataba de apoyos incondicionales ni nada por el estilo, sino solo de una sensación de alivio ante la tiranía de las minorías. Es que la sala de reuniones que por años había servido para la convivencia de profesores había sido transformada, por exigencia de las autoridades de la universidad, en una sala de reflexión, especialmente diseñada para que “grupos históricamente excluidos” pudieran reunirse. Como resultado, se impuso el silencio en los pasillos, desaparecieron el café y la tertulia espontánea.
Esta anécdota da cuenta de cómo políticas implementadas con buenas intenciones muchas veces terminan generando el efecto opuesto. Es que, como mostró Isaac Newton hace más de 300 años, toda acción genera una reacción.
Como botón de muestra, Donald Trump Jr. ha anunciado que será parte de una boutique financiera dedicada a invertir en empresas que tengan “valores conservadores”. ¿Qué significa eso? Difícil de descifrarlo, salvo cuando lo entendemos en oposición a una agenda social que ha empujado a muchas empresas a orientar su quehacer a objetivos que van más allá de lo razonable. Cuando algunos fondos de inversión —ayudados por los reguladores— empujan con fuerza las inversiones en empresas que tengan “valores sociales progresistas”, no es sorpresivo que aparezca la reacción que ahora promueve inversiones en empresas conservadoras. Todo muy ridículo. ¿No será mejor dejar a las empresas tranquilas, permitiéndoles generar valor respetando las leyes?
Algo similar está surgiendo en nuestro país. Por ejemplo, la preocupación por el medio ambiente —que es del todo razonable— corre el riesgo de terminar en nada si se implementa de manera fanática. La generación de normas y su interpretación por parte de los burócratas de turno han encarecido la inversión, han limitado el crecimiento de la ciudad y han puesto trabas a la generación de empleo, de tal manera que una fuerza silenciosa está poco a poco acumulando energía destinada a derribar ese becerro de oro. Todos tenemos preocupación por la naturaleza, y está bien que así sea. Pero cuando ese discurso encarece la vivienda al límite de no poder acceder a ella, o cuando afecta el crecimiento al punto de dificultar el empleo, más temprano que tarde prevalecerá la idea de arrasar con un discurso romántico que, al dificultar la vida diaria, se torna ridículo.
“No me ayude tanto, compadre”, deben estar gritando silenciosamente la inclusión, la naturaleza y la diversidad.