¿Qué buscaba la dirigencia de Chile cuando fue por Ricardo Gareca como seleccionador nacional? ¿Cuál era el gran atributo que seducía tanto y que hacía ver al “Tigre” como el gran salvador de la Roja en las eliminatorias?
Hoy es medio complicado dar una respuesta, pero como el archivo no muerde, habrá que acudir a él para recordar lo que dijo Pablo Milad al presentar oficialmente al exdirector técnico de Perú.
“Cuando estuvimos (reunidos) en Buenos Aires con toda nuestra comisión, conversando más de cuatro horas de fútbol, me hizo una pregunta que me llegó muy profundo y que fue: ¿Cuál es el proyecto de Chile, que están haciendo?”.
Sí, el presidente del fútbol chileno quedó seducido por el aparente interés de Gareca por el devenir del balompié criollo que, pareciera, el dirigente interpretó inocentemente como un genuino deseo del DT en adentrarse en el desarrollo del fútbol chileno y no solo preocuparse de llevar a Chile al próximo Mundial. Qué mejor.
Pero muy luego el medio se dio cuenta de que esto era solo una estrategia de Gareca, solo un discurso para llevar para sí de mejor manera el proceso de negociación. Porque nunca ha estado interesado en el desarrollo de un macro plan técnico.
Y es que Gareca no es un tipo de principios incólumes ni de inamovibles convicciones. Más bien, es pragmático y se amolda de acuerdo a las circunstancias. Es difícil seguirlo en sus discursos porque tiene la capacidad de adecuar sus respuestas a los diversos momentos. Y claro, actúa de igual forma a la hora de la toma de decisiones en su trabajo en la cancha.
En un personaje así es que hoy la selección tiene puesta su fe, exagerada, de llegar al próximo Mundial.
Estamos en la B. Porque Gareca es capaz de hacer un día una cosa, y al siguiente algo muy distinto. Y no se arruga, porque ha hecho su carrera de esta manera: alejado del amarre de las convicciones.
Veamos ejemplos. El DT, que por meses no llamó a Arturo Vidal a la selección porque no quería tener en su plantel un liderazgo desordenado como el colocolino, ahora no solo lo reintegra, sino que le entrega la jineta de capitán.
Al mismo entrenador parecía no temblarle la mano para sacar a un jugador de la cancha a los 30 minutos, pero sí que le dio vueltas cuando debía hacer cambios y los demoró hasta los 94 minutos.
Se dirá, en su defensa, que Gareca juega de una manera, que tiene una propuesta. Pero en verdad, no la tiene. A lo que adhiere es a un diseño táctico (un dibujo expresado en el 4-2-3-1), pero no a una idea estratégica. En eso varía, pero no porque tenga ello como principio ni porque maneje con virtuosismo las variables del fútbol, que dice haber aprendido en su formación como entrenador (y que, por cierto tiene razón, los periodistas desconocemos) sino porque, sencillamente, va pegando palos de ciego a ver si le apunta a algo. En Perú le resultó, aunque no hay que olvidar que su gran logro —llegar al Mundial de Rusia— se debió harto al TAS, a la farra de Chile e incluso al acomodo en el partido final.
Con un DT de esas características la Roja prolonga su agonía eliminatoria. A pesar de que muchos dicen que ante Perú “se vio una mejoría” y “al menos Chile volvió a ser competitivo”, lo cierto es que no, porque con Gareca todo es inestable, poco confiable.
¿Será conveniente seguir así?