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Cartas
Lunes 11 de noviembre de 2024
¿Se acabará el woke ?
Señor Director:
Una muy mala idea de algunos comentaristas en todo el orbe, incluyendo por cierto a muchos en nuestro país, ha sido criticar ácidamente a 75 millones de electores estadounidenses por darle su voto a Donald Trump en las pasadas elecciones presidenciales. Especialmente amargas han sido las críticas hacia los hispanos, negros y mujeres que, contra —a juicio de los críticos— toda lógica, entregaron su confianza a quien —nuevamente a juicio de los críticos— los desprecia.
En una entrevista en el diario español La Vanguardia, el escritor y político liberal canadiense Michael Ignatieff explica las razones que posiblemente llevaron a la mayoría de los electores a inclinarse por la opción republicana, a pesar de las condenas judiciales al candidato, a pesar de su lenguaje procaz y desvergonzado y de su historial tan discutible, incluyendo un intento de desconocer por la fuerza su derrota electoral hace cuatro años.
Es importante para nosotros, los chilenos, comprender qué ha ocurrido, porque reacciones similares a las que estamos viendo, culpando a la idiotez de los electores, las vivimos después del 4 de septiembre de 2022, cuando un 62% de los chilenos rechazó un texto constitucional que, a juicio de cierta izquierda, nos garantizaba a todos un mundo feliz, con derechos sin límites para nosotros, los animales y hasta la naturaleza.
A juicio de Ignatieff, Estados Unidos ha vivido en las últimas décadas una revolución con la expansión de la educación universitaria que alcanza a más del 35% de la población, que accede a la tecnología y a empleos bien renumerados, que incluye los derechos de las mujeres y de las minorías. La revolución cultural de la inclusión y la diversidad, de los derechos y la integración de los inmigrantes procedentes de todo el mundo. Pero ese sueño de la democracia universal, resulta que no era compartido ni disfrutado por todos. De hecho empezó a generar un amplio resentimiento de la población marginada de ese sueño feliz, que vio amenazados sus empleos, que se vio afectada por la inflación, que vio con preocupación el constante cuestionamiento a sus valores. Una población, mayoritaria hay que decirlo, que está fuera de los grandes centros urbanos, Chicago, Nueva York, Los Angeles, que no ha compartido ni se ha beneficiado de esa revolución.
Lo que hizo Trump fue escuchar a esa gente y acusar a la élite progresista liberal de disfrutar el cambio, pero olvidando a esa mayoría, y ofrecer soluciones simples que, por cierto, si las consigue implementar, será muy difícil y costoso.
Es muy posible que el triunfo de Trump obligue a un reflexión, a un cambio drástico de esa élite desconectada de las mayorías. Ya no será aceptable sermonear a los electores sobre “sus verdaderos intereses”, acusarlos de racistas porque les preocupa la inmigración, de idiotas porque no comprenden lo bueno que somos, atribuirles oscuros intereses por defender sus fuentes de trabajo, emplazarlos por sus opiniones incorrectas políticamente.
Si la izquierda o centroizquierda quiere volver a tener una oportunidad, si el péndulo va a volver a equilibrarse, será solo si se acaba la explosión del wokismo, si la moralina progre desaparece y, como dijo un columnista hace algunos días aquí en “El Mercurio”, si se inclina para “abrazar la rugosa realidad”.
Ricardo Brodsky