Hay ocasiones en que el inconsciente habla. Y entonces la verdad, hasta entonces reprimida, racionalizada, desviada hacía esto o lo otro, aflora.
Es lo que ha ocurrido estos días.
Apenas ayer le ocurrió a la ministra Orellana. Tratando de explicar la demora con que se removió a Monsalve (luego, al parecer, de cavilaciones sostenidas por él con el mismo presidente) su primera y espontánea reacción fue decir “no estamos hablando de un portero (…)”. Luego y frente a la obvia connotación de la frase, que el periodista anticipó, dijo que ello era porque se trataba de “quien está a cargo de la seguridad del país”. Este incidente lingüístico no puede ser peor porque insinúa que es legítimo hacer diferencias en el trato entre quien desempeña un oficio y quien detenta un cargo de poder. Es obvio que la primera frase espontánea de la ministra, que ella intentó corregir, revela un gravísimo malentendido puesto que el respeto y consideración se debe el mismo a todos sin considerar el lugar que ocupan, el prestigio que ostentan o el poder que ejercitan. Luego, frente a la misma situación el portero y el subsecretario merecerían ser tratados de la misma forma. La ministra Orellana quiso decir sin duda otra cosa; pero es justamente el problema del inconsciente: que queriendo decir deliberadamente una cosa se acaba diciendo, sin quererlo, otra, que es la que de veras se cree. Y lo que en este caso sin quererlo se dijo es evidentemente inaceptable viniendo de cualquiera; pero dicho por una autoridad es especialmente reprochable.
Pero no fue ese el único caso en que el inconsciente habló.
También está el caso del empleo por parte de Monsalve de recursos públicos para ir a explicar a su familia el incidente que lo comprometía. Es verdad que mientras viajaba Monsalve era subsecretario y es verdad entonces que, desde ese punto de vista, se cumplió el protocolo de carabineros como observó el subsecretario Cordero; pero ocurre que el problema no es de protocolos sino de privilegios, porque ¿de qué otra forma calificar el hecho que se permita a un acusado de abuso sexual postergar su renuncia de martes a jueves a fin de que pueda dar explicaciones a su familia? No cabe duda. En este caso el inconsciente habló de nuevo: y es que, como era obvio, un gobierno que se siente redentor de un pueblo abusado debe también por ese solo hecho sentirse superior. Y siendo así ¿por qué no concederse esta o aquella ventaja? Se ha dicho otras veces y vale la pena repetirlo: el problema de los redentores (es cosa de leer a Nietzsche) es que es una forma encubierta de reclamar superioridad.
Y en fin está el caso de la conferencia de prensa del presidente.
En este caso el inconsciente no habló solamente cuando se maltrató a una encargada de prensa (la prueba del maltrato es que, como muestran las imágenes, ella se agacha en actitud sumisa que era la actitud que reclamaba la molestia presidencial) sino también y especialmente en la actitud reiterada y compulsiva del presidente de dar explicaciones una y otra vez ¿Acaso no es esa la actitud de quien se siente —lo sea o no, es otra cosa— culpable? Esto recuerda el texto de Freud sobre la negación: una persona pregunta quien será esa persona del sueño porque, agrega, “no era mi madre”. Freud concluye: entonces era su madre. Lo que parece más lejano al paciente, dice Freud, es donde se encuentra la verdad buscada. Pues bien. Toda la larga e increíble conferencia de prensa del presidente tuvo por objeto mostrar espontáneamente que no había nada oculto. Freud diría, pues bien: entonces ha de haber algo oculto, porque de otra forma esa conducta reiterada y casi obsesiva porque nadie pensara que se ocultaba algo, no se explicaría.
Carlos Peña