En 1970 Bernard Sadow, siendo presidente de US Luggage, patentó la idea de ponerles ruedas a las maletas y con ello transformó nuestra manera de viajar. Calculo hoy la cantidad de divorcios que han evitado los mapas digitales y el GPS conectados a las aplicaciones usuales de direcciones que usamos en nuestra vida cotidiana y con mayor razón en los viajes por ciudades desconocidas. Ellos, los innovadores, pensaban en nosotras, las viajeras.
Hay miles de frases clichés para la innovación (no se sobrevive sin innovar, es una de ellas) y pocas organizaciones que de verdad la practican en profundidad. De acuerdo a McKinsey, 84% de ejecutivos está de acuerdo con que la innovación es crítica para su estrategia de crecimiento, sin embargo solo 6% está satisfecho con el desempeño de su empresa en esta área. Son escasas las culturas que premian la innovación como proceso permanente y sistemático, que incitan a sus colaboradores a observar el uso de sus productos/servicios para ver qué necesita mejoras y que promuevan probar y demostrar distintas maneras de hacer las cosas.
Para que la innovación sea más que un eslogan se requiere de una decisión desde arriba que permita que en la cultura de la organización exista el fracaso y se discutan abiertamente los aprendizajes. Debe existir un presupuesto y tiempo para observar y relacionarse con otras organizaciones. Se requiere entender el futuro y administrar las cosas que desconocemos. Como dicen los gringos, conocer los known-unknowns. Pero, muchas veces estamos solo en el aquí y en el ahora. Dedicados a apagar incendios, con la agenda completa, y pegados en pantallas. Sin hacernos las preguntas necesarias.
Y por mientras en las universidades hay talento por miles. Personas inteligentes, especialistas, enfocadas, que piensan y analizan en profundidad los problemas a los que nos enfrentamos, le dan forma a lo incierto y nos desafían a mirar el futuro basándose en años de conocimiento acumulado. Personas que viven respondiendo preguntas sobre cosas desconocidas, planteándose hipótesis, mirando escenarios.
Estos mundos se juntan menos de lo que debieran, probablemente por los costos de transacción y por incentivos débiles. Mientras escribo imagino muchas instituciones diciendo que lo hacen, que han aumentado sus patentes y que tienen una relación con la empresa/universidad simbiótica. Sí, quizás. Pero se puede y debe hacer más. Hay empresas medianas y pequeñas, ágiles, formadas por gente joven que quiere arriesgar y que está dispuesta a asumir riesgos calculados, que sabe fallar, caer y volver a levantarse. Algo que en las empresas más tradicionales es poco frecuente, y en las organizaciones sin fines de lucro ocurre de manera más desorganizada. Pienso estas cosas a raíz de las innovaciones marginales que han cambiado parte de nuestras vidas. Trato de imaginar cómo nuestro país va a unir estos mundos para de verdad completar la ecuación de mayor crecimiento. Necesitamos empresas grandes, medianas y pequeñas que innoven mucho de manera sistemática, que piensen en la disrupción, que se asocien con las universidades locales, nacionales e internacionales y que busquen esas soluciones que potencialmente van a cambiar las vidas de las personas que usan el servicio o compran el producto. Pensemos, por ejemplo, que en 1965, 57% de las personas conocía a su pareja a través de la familia, los amigos y el colegio, mientras que en 2024 más del 60% conoce a su pareja a través de medios online; algo que en 1988, año en que me casé, era impensable.
No hay ninguna recomendación en la columna de hoy y escribo desde la generalización –cosa que me había prometido no hacer–. Pero a veces estas cosas que llevas adentro no te dejan tranquila. Me agobia que estemos pegados en el corto plazo cuando debiéramos estar mirando el horizonte y pensando cómo podemos lograr diferenciarnos para ser un país innovador de excelencia. Y pienso que las organizaciones, el Gobierno y las universidades tienen mucho más que decir en este frente. Hay tareas pendientes.
María Olivia Recart Directora de empresas y presidenta de Comunidad Mujer