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Editorial
Martes 15 de octubre de 2024
Instituciones y Nobel de Economía
Hay en las investigaciones de los galardonados lecciones valiosas que extraer para un país como el nuestro.
Las diferencias de ingreso per cápita, ajustado por paridad de compra, entre naciones ricas y pobres son muy elevadas. Por ejemplo —si se toman los datos reportados por el FMI—, la diferencia entre el ingreso de un país que está en el percentil 90 y el de otro que está en el percentil 10 es de 24 veces. Para hacerse una idea, piénsese que en Chile —donde a menudo se cuestiona la desigualdad existente— la razón entre estos percentiles para el ingreso per cápita autónomo de los hogares es de 10,5 veces (Casen 2022). Desentrañar las causas de esta enorme disparidad entre países ha sido una motivación permanente de los recién anunciados premios Nobel de Economía, Daron Acemoglu, Simon Johnson y James Robinson. Ya en un estudio seminal publicado en el American Economic Review en 2001, ellos mostraron cómo los colonizadores europeos desarrollaron instituciones en diversas latitudes. En algunas colonias, estas fueron básicamente extractivas, y en otras, mucho más inclusivas, en parte, por la necesidad de atraer más talentos e incorporar, a veces por necesidad, a la población local en los procesos productivos. El mismo estudio mostró, además, que las diferencias en las tasas de mortalidad influyeron en esa decisión: donde estas eran altas, no había interés en quedarse y, por tanto, se privilegiaba la explotación y extracción de los recursos disponibles, sin construir instituciones apropiadas para la vida en común. Ahí donde eran bajas, había una mirada de más largo plazo que invitaba a construir esas instituciones.
Más allá de la estrategia empírica específica, los autores lograron demostrar que el progreso y prosperidad de las naciones y la distinta evolución de los países eran inseparables de la construcción de instituciones inclusivas. Por cierto, la importancia de las instituciones era algo que estaba en el debate en distintas disciplinas, pero sin la claridad teórica, conceptual y empírica que desarrollaron en esa contribución y en otras posteriores (también hay semillas en algunas publicaciones previas de Acemoglu y Robinson). Así, en un trabajo publicado un año después, esta vez en el Quarterly Journal of Economics, explicaron por qué los países que alrededor del 1500 fueron más ricos, ahora eran relativamente más pobres, y viceversa. Hasta entonces, muchas investigaciones habían atribuido el fenómeno a factores geográficos, teoría muy en boga en la última parte del siglo 20. Ellos, sin embargo, mostraron convincentemente que esas explicaciones eran difíciles de sostener sobre la base de un análisis cuidadoso y que nuevamente eran las instituciones y su calidad las que explicaban la reversión en la fortuna de las naciones. La creatividad para clasificar a los países de ese entonces según niveles de prosperidad fue muy estimulante para la profesión. Y hasta el día de hoy esas hipótesis se mantienen en pie.
Los libros de divulgación que han desarrollado Acemoglu y Robinson en los últimos años han intentado influir en los tomadores de decisiones para incentivarlos a pensar, en cada uno de sus países, en instituciones que puedan ser más inclusivas y hacer a más ciudadanos partícipes de los procesos de desarrollo económico y social. Por cierto, siempre va a ser motivo de controversia determinar cuáles son los cambios que deben llevarse adelante para lograr este propósito. En sus visitas a Chile, por ejemplo, Robinson ha insistido en la necesidad de más inclusión y advertido contra el papel que siguen jugando favoritismos inexcusables. El cuestionamiento que la población hace a muchas de nuestras instituciones parecería darle la razón, pero es probable que ese cuestionamiento también esté muy vinculado con una percepción de inefectividad; si esta es el resultado de una menor inclusión, es algo que requiere más estudio. Con todo, resulta evidente que la calidad institucional del país se ha deteriorado, al menos en términos relativos. Ha faltado ambición para seguir impulsando reformas que aseguren su buen funcionamiento institucional y contribuyan a la prosperidad. En este sentido, hay en las investigaciones de los galardonados lecciones valiosas que extraer para un país como el nuestro. Sin ir más lejos, el libro más reciente de Acemoglu, esta vez con Johnson, advierte, a pesar de la confianza en la tremenda contribución que puede hacer la tecnología al progreso de las naciones, la necesidad de lograr que esta sea inclusiva para asegurar que los avances efectivamente se materialicen y lo hagan sin afectar la equidad. Sin duda, este es un asunto desafiante para cualquier país.