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Editorial
Lunes 30 de septiembre de 2024
Irán en la encrucijada
La Asamblea General de la ONU había sido el escenario escogido por el nuevo Presidente de Irán, Masud Pezeshkian, para recriminar a Israel por su ofensiva en Gaza y Líbano, pero también para presentar un rostro más conciliador del régimen que ha estado detrás de los extremistas islámicos de Hamas y Hezbolá. Ahora, sin embargo, luego de la muerte de Hassan Nasrallah, máximo líder de esta última milicia terrorista, a manos de Israel, todo ha quedado bajo signo de interrogación.
Se trata del más severo golpe que haya enfrentado Teherán desde el inicio de la crisis en Gaza. Durante estos meses, Hezbolá, la milicia libanesa financiada por Irán, y parte de lo que el régimen de los ayatolás llama el “eje de la resistencia”, había estado enfrentada en un duelo de misiles y cohetes con Israel, el que había dejado centenares de muertos y desplazado a decenas de miles de habitantes a ambos lados de la frontera.
Hezbolá es importante para Irán por la influencia sobre Líbano, un país dividido en sectas que comparten las funciones de gobierno, en un sistema en el cual la milicia aumentó su poder. Y, junto con ello, y muy relevante, sus misiles han sido una suerte de escudo de defensa contra un eventual ataque de Israel a territorio iraní (en especial a sus instalaciones nucleares). A partir del inicio de la guerra en Gaza, los ataques de Hezbolá hacia territorio israelí, al igual que las acciones de los hutíes, de Yemen (también parte del referido “eje de la resistencia”), buscaban, al parecer, generar un escenario caótico, que presionara a Israel —y también a Estados Unidos— para detener la ofensiva contra Hamas. Ahora, con la muerte de Nasrallah, la milicia extremista ha quedado en una situación de debilitamiento inédito.
En efecto, aun antes de la muerte de su líder, los ataques de Israel habían diezmado notablemente sus fuerzas. Esto, tanto por la destrucción de miles de sus misiles (se estima que tienen en total unos 150 mil) y de unas 300 bases para lanzarlos, como por la muerte de varios comandantes y de una treintena de sus operativos en el ataque de hace dos semanas al sistema interno de comunicaciones del grupo (los beepers), el que, además, dejó a cientos de heridos (y también a víctimas inocentes). Con estos golpes, probablemente basados en datos de inteligencia entregados por “infiltrados”, Israel no solo debilitó la capacidad militar de Hezbolá, sino su seguridad interna, levantando una ola de sospechas entre sus miembros. Esta situación de fragilidad, sin un sistema de comunicaciones confiables y con dificultades para lanzar operaciones, fue la que antecedió al ataque israelí que costó la vida a su máximo líder: un triunfo en toda la línea para el premier israelí, Benjamin Netanyahu, y una suerte de jaque mate —según la expresión usada por la prensa internacional— para el régimen iraní, enfrentado a la disyuntiva de cómo responder.
Y es que si, por una parte, los sectores más duros demandan una acción de fuerza que ratifique el compromiso de Teherán con los grupos terroristas de la región, el riesgo de traer con ello la guerra al propio territorio iraní es sopesado y advertido por los sectores “reformistas” —si cabe ese término—, encabezados por el propio Pezeshkian.
El juego de Pezeshkian
El mandatario aparecía hasta ahora empeñado en una estrategia destinada a conseguir el alivio de las sanciones económicas que pesan sobre el país por su programa nuclear. Su discurso en Nueva York, la semana pasada, fue tal vez la máxima expresión de dicha estrategia. Por cierto, Pezeshkian no dejó espacio para la duda acerca de su posición en el conflicto del Medio Oriente. Acusó a Israel de ser responsable de matanzas inaceptables y a los países occidentales, de tener doble rasero en materia de derechos humanos, pero abrió una ventana para algún tipo de negociaciones diplomáticas que tuvieran como objetivo la estabilidad regional. Más aún, sorprendió que no llamara a “destruir Israel”, como ha sido el lema del régimen de los ayatolás, y más todavía, que se mostrara dispuesto a “dejar de lado las armas si Israel hace lo mismo”, una oferta poco convincente, teniendo en cuenta que su país es el gran proveedor de armas de los grupos islamistas que luchan contra el Estado judío y que, además, ha sido acusado de vender misiles a Rusia para usarlos en Ucrania.
El mandatario ganó las elecciones presidenciales de julio con promesas de cambios liberalizadores internos y, además, de mejorar las relaciones con Occidente, precisamente para aliviar las sanciones. Y es que las dificultades económicas son, junto con la represión política y social, las dos causas del descontento de la población iraní, expresado en manifestaciones callejeras, pero también en ese resultado electoral, interpretado como un rechazo al sector más ortodoxo del régimen, liderado por el ayatolá Alí Jamenei, quien, en última instancia, detenta el poder total.
La demora —o renuencia— a concretar una anunciada represalia en contra de Israel por el asesinato en Teherán del líder palestino, Ismail Haniyeh, parecía una señal de que el régimen sopesaba con más cuidado las reacciones externas a sus decisiones. Según Pezeshkian, Irán estaba conteniendo sus acciones para evitar un escalamiento del conflicto. Ahora, la muerte de Nasrallah —no solo aliado, sino amigo de Jamenei y un líder terrorista responsable de sangrientas acciones a lo largo de décadas— puede cambiar las cosas. Pero con su economía por los suelos y una población descontenta, el país no parece en condiciones de embarcarse en un enfrentamiento directo con Israel y sus aliados. Esa es su encrucijada.