El domingo se jugó —y fue visto por millones de personas en todo el mundo— un duelo futbolístico candente, fogoso, lleno de texturas.
Aquel encuentro al que se alude tuvo de todo, como le gusta al verdadero futbolero, al que va al estadio, al que juega en la liga los fines de semana, al que le da a la pelota solo por el sándwich y la bebida: golazos, un tanto en la agonía, una entrada briosa que sacó del partido con una lesión más o menos grave a una de las figuras, polémicas arbitrales, arrebatos de un DT, una expulsión discutible y, para coronar, acusaciones de jugadores en contra de otros por “simular” o “no salir a jugar”.
Una delicatesse. Un bombón. Un elixir.
Lo extraño es que el tan historiado partido no se jugó en alguna cancha de Sudamérica. Ni siquiera en una de la Tercera División. Y no, claro que no fue en Chile, donde a estas alturas uno espera cualquier cosa en un partido de la liga.
No. El escenario fue el hermoso y cuasi perfecto estadio Etihad, un recinto alhajado con lujos a la usanza y gusto del jeque que es dueño del club propietario del recinto. Y los protagonistas del enfervorizado espectáculo no fueron Chacaritas, Tricolor de Paine ni Manaus: fueron Manchester City y Arsenal, hoy por hoy, sin duda, los equipos más competitivos y de mayor tonelaje de la mejor liga del mundo: la Premier League.
Pero ese contexto de tanto boato poco importó.
El encuentro, donde uno suponía que la gracia era ver si el DT Mikel Artera lograba, por fin, desarmar ese perfecto plan permanente de su colega Josep Guardiola, de ir aumentando de a poco la posesión hasta someter al rival y obligarlo solo a tratar de correr para quitarla, terminó siendo un partido en que primó lo externo, esa cosa que no tiene que ver tanto con lo futbolístico, sino que con el entorno.
O sea, con lo que realmente le da tintes de espectáculo inigualable a este deporte.
Y es bueno que haya sido así. Porque a la Premier League, a la que hay que aplaudirle casi todo, porque hace todo para que uno goce de ella, hace rato que se le estaba erosionando un poco el sentido más natural y básico del fútbol.
Tanta perfección, tanto recato, tanta flema británica, tanto desfile de estrellas que valen “chorrocientos” millones de euros, tanta arquitectura y dogma de los entrenadores en sus pizarras han terminado no por aburrir (eso nunca), pero sí porque se eche de menos algo más de entropía, de desorden. De escandalillo, que sea. O al menos de sorpresa.
Y es que, aunque se trata de la liga más valiosa del mundo, en todas partes los hinchas gozan una buena “cargada” entre jugadores, un arrebato de un entrenador pegándole a un asiento de su banca, sufren ante cobros demenciales de un árbitro, alegan por sentirse perjudicados, se frustran, alivian o conforman con el pitazo final de un partido.
En todo eso hay esencia.
Sí. Fue una delicia ver el domingo el encuentro Manchester City-Arsenal.
Pero no por lo que uno creía que iba a ver, sino que, finalmente, por lo que se vio.