Hace 35 años —y eso se conmemora anualmente por la vergüenza que produce—, el fútbol chileno protagonizó el escándalo más grande de la historia de este deporte cuando el arquero Roberto Rojas (en conjunto con otros cómplices que han callado cobardemente) simuló un corte tras una bengala que jamás le pegó.
Las esquirlas —irónicamente— de ese hecho delictual-deportivo fueron varias: castigos a perpetuidad, suspensiones, escarnio público, desprecio internacional, obligación de replantear formas y maneras de trabajar. En ello se incluye, por cierto, al periodismo que actuó (actuamos), en su mayoría, como hinchas de barra brava.
Pero no hubo nada peor, en términos del fútbol chileno mismo, que la pérdida de dos buenas generaciones de jugadores que, por una idea estúpida de un seudo héroe que dijo hacer una patraña “por Chile”, se quedaron sin posibilidades de competir, derechamente, por llegar a un Mundial.
Futbolistas como el propio Rojas, Fernando Astengo, Jorge Contreras, Ivo Basay, Jaime Pizarro, Jorge Aravena, Mario Lepe, Patricio Mardones, Luka Tudor, Gabriel Mendoza, Eduardo Gómez, Camilo Pino, Raimundo Tupper y Rubén Martínez, por mencionar nombres que se vienen fácilmente a la cabeza, quedaron fuera de la órbita mayor simplemente por hacerse mal, pésimo, las cosas.
Y lo peor es que, pese al evidente patinazo, en el fútbol chileno la regla parece ser que las lecciones no se aprenden y que les acomoda eso de tropezar dos veces con la misma piedra,
Porque hoy estamos viviendo un segundo “Maracanazo”. O dicho de forma clara, la pérdida de un par de generaciones de futbolistas que, si no se hubiesen hecho tonterías, al menos podrían aspirar a llegar a un Mundial no solo por obra de una cuota excesiva de participantes (que es el único aliado que tiene hoy Chile para llegar a la próxima Copa del Mundo), sino que por sus méritos competitivos.
Es la hora de decir las cosas por su nombre: la Roja hoy no tiene nivel para ser un digno participante en un Mundial, no exhibe mérito futbolístico alguno y si, por obra y gracia de la calculadora, de una serie de casualidades, de alineamiento de astros o de una suerte gigantesca, llega a clasificar al Mundial, no será el resultado lógico de un plan. Será solo un chiripazo. Una injusticia para otros. Una instancia que solo se celebrará por el prestigio que da el decir que se va a una Copa del Mundo y, claro, por la plata que le llegará a la Federación. Pero no será la consecuencia de que Chile tenga un buen equipo. De hecho, se iría solo a participar con posibilidades claras de hacer un papelón (caso en el cual sería mejor quedarse en casa).
¿Quiénes son los que deben asumir la construcción de este segundo “Maracanazo”?
Fácil. Recuerde los nombres de los dirigentes que han encabezado el fútbol chileno en los últimos 15 años. De los presidentes-empresarios de los clubes S.A. que no invierten un peso en desarrollar la actividad. De los seleccionadores que se afirmaron en una generación y que estrujaron hasta la última gota. De los representantes que han llenado de cuentos a los jóvenes y que luego de “hacer la pasada”, los han dejado botados. De los DT nacionales que son incapaces de ponerse de acuerdo y hacer un proyecto de plan técnico serio.
Todos esos son hoy los Roberto Rojas…