A poco más de dos meses de las elecciones en Estados Unidos, Kamala Harris mantiene una ligera ventaja sobre Donald Trump en las encuestas a nivel nacional. Sin embargo, el resultado final dependerá de los Estados bisagra, donde la incertidumbre es mayor.
El impacto del próximo Presidente en la economía global será significativo, ya que Estados Unidos, como la mayor economía del mundo, sigue desempeñando un papel crucial en los mercados financieros internacionales. En este contexto, preocupa que las propuestas económicas de ambos candidatos, especialmente en temas como el manejo del déficit fiscal, la imposición de aranceles y los controles de precios, generen inquietud entre la mayoría de los economistas y no parezcan favorables ni para Estados Unidos ni para las economías emergentes. Analicemos por qué.
En cuanto a la política fiscal, la situación ya deficitaria podría empeorar, especialmente si Trump resulta victorioso. Su propuesta de reducir el impuesto corporativo del 21% al 15% podría estimular el crecimiento económico, pero no lo suficiente como para evitar un aumento en el déficit fiscal y la deuda pública. Esto, a su vez, podría generar presiones alcistas sobre las tasas de interés, contrarrestando los efectos de la política monetaria expansiva que la Reserva Federal está a punto de implementar. Tasas de interés más altas frenarían la demanda agregada y fortalecerían el dólar, debilitando las monedas extranjeras y aumentando la inflación en otros países.
Por otro lado, Harris propone aumentar el gasto fiscal mediante diversos subsidios y elevar el impuesto corporativo al 28%. Esta estrategia podría contener el déficit fiscal, pero el mayor gasto público podría reavivar la inflación y desplazar la actividad económica del sector privado.
En el ámbito comercial, Trump impulsaría políticas proteccionistas, incluyendo aranceles generales del 10% y un incremento del 25% al 60% en productos chinos. Aunque esto podría aumentar la recaudación fiscal, también encarecería las importaciones, elevando la inflación y apreciando aún más el dólar. El alza de aranceles también tendría un impacto negativo en el crecimiento global y podría reducir los precios de commodities como el cobre. Más preocupante es la posibilidad de que otros países adopten políticas similares; de hecho, hace unos días, Canadá anunció la imposición de un arancel del 100% a vehículos eléctricos chinos.
Harris, por su parte, propone controlar el aumento de los precios de los alimentos, aunque no ha detallado cómo lo haría. Desde 2019, los precios de los alimentos en EE.UU. han aumentado un 25%, no por la avaricia empresarial, como algunos han sugerido, sino debido a un incremento en la demanda provocado por los programas de ayuda pandémicos y las disrupciones en las cadenas de suministro. Los controles de precios, en lugar de resolver estos problemas, tienden a distorsionar el mercado, provocando escasez y una asignación ineficiente de recursos.
Es importante señalar que muchas de estas propuestas necesitarían la aprobación del Congreso y, por tanto, podrían no llegar a implementarse. No obstante, si Trump es elegido, podría imponer aranceles por orden ejecutiva bajo el argumento de la seguridad nacional. Existe, además, un escenario de riesgo en el que Trump gane y los republicanos obtengan la mayoría en ambas cámaras del Congreso, lo que facilitaría la aplicación de sus políticas. Frente a este panorama, economistas como Glenn Hubbard, de la Universidad de Columbia, se preguntan: “¿Ya nadie escucha a los economistas?”. ¿Será este un problema exclusivo de Estados Unidos?
Mauricio Larraín E.
Académico, Universidad de los Andes