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Cartas
Lunes 26 de agosto de 2024
Venezuela: la razón escatológica
Señor Director:
Algo hay en las religiones, que inspiran a la vez grandes noblezas como grandes barbaridades.
Un aspecto sustancial en ellas es la razón escatológica. La creencia en “la ciudad definitiva”, el reino de los cielos, el paraíso, la reencarnación, el comunismo.
Es la promesa de que habrá un mundo de felicidad eterna, donde se acabará el dolor humano; viviremos cobijados en el regazo del amor y la poesía. Donde todos los pecados o debilidades, incluso crímenes, serán perdonados, pues la misericordia es para aquel/aquella que creyó en la buena nueva.
El pueblo escogido tendrá salvación, los que ignoren este camino tendrán la perdición eterna. No merecen, carecen de dignidad y serán echados al infierno, o, literalmente, como reza aquella vieja canción… “los echaremos al mar”. Creyentes o infieles, yunque o martillo, al final toda religión tiene los de acá y los de allá, amigos y enemigos. Y la política se ha teñido de religión.
Toda fe, para tener sentido de “realidad”, precisa del elemento encarnatorio. Es decir, que hay un pueblo escogido, una tribu, una raza, una clase, que es la portadora del porvenir, junto al mesías/inspirador/líder supremo y su “iglesia” o “partido” o “secta” que anuncian el sendero luminoso; a quienes hay que venerar y seguir: son el camino, la verdad y la vida.
Cuanta tragedia ha debido padecer la humanidad por esta enajenación constitutiva de las religiones, de los “ismos” de todo signo. Todo se puede justificar, la vida parece no tener valor sino en la medida de la fe. En nombre de ella se asesina y se somete; se va al suicidio, encubierto de martirio; se nublan la razón y el corazón; se pervierte la condición humana.
Esto explica tanto la contumacia de quienes apoyan la dictadura de Maduro como de quienes apoyaron la dictadura de Pinochet; de quienes vieron con ojos complacientes a Stalin o Hitler o Mao, o justifican la invasión a Vietnam, a Checoslovaquia o al Tíbet y otras tantas atrocidades cometidas por los imperios, en nombre de su fe.
“Volver a las cosas mismas”, sugería el filósofo. Invita a mirar la vida real de aquella élite que, en todos los casos, al final, en su generosa y heroica labor de conducir a “su pueblo”, cuando tiene el poder, vive una vida de privilegios, sin importar si “su pueblo” sufre o si a quienes se les prometió la redención sigan mirando como desiguales el buen pasar de los poderosos, como “gatos en el ventanal de la carnicería”.
José Sanfuentes