El desembarco en Normandía —conocido como el día D— marca un hito fundamental en la historia contemporánea. La llegada a Europa continental de los aliados liderados por el general Eisenhower, hace exactamente 80 años, representó el comienzo del fin del nazismo. La masacre que significó la guerra fue un impulso importante para la ofensiva aliada, pero también lo fue —y quizá más importante para FDR— la amenaza a la libertad y a la democracia que se cernía sobre el orden mundial. Años después, el totalitarismo comunista también representó una amenaza equivalente para Occidente, que solo pudo ser derrotada a partir del desarrollo económico, la ampliación de la libertad y la unión de quienes creían en ella como base de la civilización.
Aunque estos procesos resulten lejanos para los menores de 50, el aniversario del día D es un buen momento para reflexionar sobre los valores que caracterizan a Occidente y los medios para cautelarlos. Es que resulta evidente que la libertad y la democracia occidental están amenazadas, tanto por presiones externas como por sus propias fallas.
En lo externo, un “nuevo modelo”, basado en el autoritarismo, el control social y el rol central del Estado en la economía, ha tomado fuerza en grandes potencias. Y a punta de préstamos e influencias, esta alternativa ha ido masificándose en países emergentes, ante la indiferencia de las principales potencias occidentales. Como recordaba un destacado analista de un país tercermundista, “el embajador americano me ofrece lecciones, mientras el embajador chino me ofrece aeropuertos”.
Pero la influencia externa no es la única causa de los problemas. Occidente está amenazado por sus propias fisuras. Muchos países han perdido capacidad de generar progreso, y ese es un caldo de cultivo para soluciones populistas. La discusión sobre desigualdad —necesaria, por cierto— ha llevado a olvidar casi por completo los incentivos al crecimiento —que parece despreciado por muchos—, estableciendo políticas que no logran ni lo uno ni lo otro. Las regulaciones laborales que miran al siglo XIX son un ejemplo claro de aquello.
Pero no todo debe entenderse desde un plano estrictamente económico. En lo cultural, la apertura de Occidente a la diversidad es una fuente inmensa de riqueza, pero que al mismo tiempo genera una percepción de pérdida de identidad que es resentida en muchos lugares. ¿Cómo explicar, si no, el surgimiento de fuertes nacionalismos que encuentran eco en una población que quiere cautelar ciertos valores comunes amenazados por la “excesiva tolerancia” y por la dictadura de las minorías?
En estas líneas no encontrará respuestas, sino —espero— solo un pequeño aliciente para su propia reflexión sobre el momento “D” que vive Occidente.