Palabras como “socialismo”, “liberalismo” y “neoliberalismo” circulan profusamente. Las usan partidarios y detractores, salvo el caso de “neoliberalismo”, cuyos adeptos se resisten a utilizarla y prefieren presentarse simplemente como “liberales”, o bien como “libertarios”.
Palabras como esas aluden a ideologías, pero no en el sentido peyorativo de distorsión deliberada de la realidad en interés de posiciones propias, sino en el de algún conjunto ordenado y coherente de ideas y planteamientos acerca del mejor tipo de sociedad al que se pueda aspirar. Así las cosas, “ideología” no tiene por qué ser esa mala palabra que los puros lanzan a la cara de sus rivales políticos, acusándolos de tener ideología. Resulta cómico asistir al espectáculo de aquellos que, empleándola como una mala palabra, acusan de “ideología” a todos los que piensan de manera diferente a la propia.
Afortunadamente, nos hemos habituado a los plurales. Estos son los que dan mejor cuenta de la diversidad y complejidad de las cosas. Hasta hace poco, algunos se mofaban de palabras como “vejeces” o “niñeces”, pero nos hemos ido acostumbrando a ellas, cuando menos a la primera, como es inevitablemente mi caso.
Tratándose de “liberalismo” y “socialismo”, los plurales se han asentado y, supuesto un mínimo de lecturas y de observación de distintas realidades políticas, hablamos hoy de “liberalismos” y de “socialismos”. Hasta el muy compacto “neoliberalismo” es hoy diverso según la intensidad y extensión de las ideas de esa doctrina. En ambos aspectos —intensidad y extensión—, las ideas y prácticas neoliberales han sido distintas según los gobiernos neoliberales que han existido dentro y fuera de Chile.
La mayoría gusta poco de las distinciones. Sienten que les complican la vida y que están obligados a dar demasiadas explicaciones. Nada más cómodo que cerrarse a una banda y presentarse como alguien de una sola pieza, o de una sola línea, aunque esa línea cambie a menudo al compás de las fobias y las filias, según soplen los vientos y conveniencias partidistas, las encuestas, o las oportunidades personales. Apelando a grandes palabras para justificarnos, es muy habitual comportarnos de maneras oportunistas o simplemente veleidosas. Buena parte de la polarización se produce hoy entre quienes acaban de abandonar sus ideas y adoptan las contrarias casi de inmediato.
Los tiempos necesarios y a la par pobres de la política, y los aún más menesterosos de los períodos electorales, son propicios para olvidarse de los plurales, ridiculizar y descalificar posiciones contrarias, y para que la mayoría perore sobre los acuerdos con escasa sinceridad, obstruyendo a cada rato los primeros y fingiendo moderación.
El uso del plural se ha impuesto también en el caso del anarquismo. Lo que hay en el mundo son “anarquismos”, si bien todos coinciden en la futura eliminación del Estado, del derecho y de cualquier otra jerarquía. El advenimiento de una sociedad comunista fue prometido sin Estado ni derecho, como también lo fue el “anarcocapitalismo”, expresión con la que hizo campaña el actual Presidente argentino, aunque solo para aludir a un capitalismo radicalmente desregulado, si bien dejó ya de usar dicha expresión tras haber tomado varias veces una motosierra para acabar con el Estado. No vaya a ser cosa que los anarquistas de verdad puedan creer que el recién electo mandatario estaría validando las protestas y desmanes de sus opositores.
Sobre ese particular, la presente cita de Colin Ward: “Estos libertarios americanos son académicos más que activistas sociales, y parecen limitarse a proporcionar las bases ideológicas a un capitalismo mercantil libre de todo vínculo”.
Y lo anterior aunque el vociferante Milei no tenga nada de “académico” y que su mentado “capitalismo” sea solo uno más de los varios “capitalismos”.