Cuesta descifrar, realmente, dónde se puede establecer a Carlo Ancelotti en el libro de las modalidades futbolísticas.
Por cierto que el entrenador multiganador de la Champions League tiene sus opciones bien formadas y en eso tiene mucho que ver la influencia que recibió —siendo jugador de élite en el AC Milan y de la selección italiana— de parte de Arrigo Sacchi (de quien luego sería ayudante técnico). Pero señalar exactamente un lugar de pertenencia irreductible sería encasillarlo. Y eso es, precisamente, lo que no puede hacerse al hablar de “Carletto”.
El DT de Real Madrid no es un tipo dogmático. O más bien, lo fue en algún momento, pero ya no lo es.
Y eso se puede entender no solo al leer sus libros (“Mi Árbol de Navidad” o “Liderazgo tranquilo”) sino que al observar la evolución que han tenido sus propuestas tácticas.
En sus inicios, Ancelotti tenía como predilección, en cuanto a sistema de ejecución, el 4-3-2-1 que, visto en la pizarra, parecía semejar a un árbol de Navidad.
Sostenía Ancelotti que sus equipos requerían de una estructura sólida en la defensa pero que permitiera, a su vez, la subida constante de los laterales, lo que obligaba a que hubiese un volante central capaz de asumir en forma constante una posición retrasada.
En la fase de definición, en tanto, para Ancelotti la presencia de un “9” referencial era imprescindible, por lo que había que rodearlo de dos interiores y de otros dos delanteros que fueran capaces de conectarse y, eventualmente, intercambiarse con los laterales que subían.
De esta forma, con esta idea que parecía ser sacrosanta, Ancelotti obtuvo sus primeras medallas, en especial en su primera etapa en Real Madrid.
Pero Ancelotti se dio cuenta con el tiempo de que era necesario cambiar. En especial si en su plantel ya no tenía ese “9” referencial (Cristiano Ronaldo o Karim Benzema) y en su estructura de mediocampo carecía ya de la resistencia física de Casemiro o de la regularidad de Luca Modric.
¿Y qué hizo el DT italiano?
Desarmó el arbolito. Y su sistema se convirtió en un 4-3-1-2 donde en el mediocampo nació un rombo y, en la delantera, un par de atacantes no referenciales, sino que móviles.
Y la fórmula de transformación fue un acierto.
El inglés Jude Bellingham fue esencial en la labor de jugar a espaldas de los volantes defensivos rivales. El mano a mano que propuso en forma constante no solo lo benefició a él para entrar al área, rematar y hacer goles, sino que también provocó constantemente los espacios para que los atacantes-aleros (Rodrygo y Vinicius Junior) pudieran aprovechar sus velocidades y talentos para definir, en general, sin más que una marca al frente.
Parece de lógica pura lo que hizo Ancelotti (convengamos que no es un invento, sino que una readecuación), pero también hay que dejar en claro que no muchos DT de élite están dispuestos a ceder a en sus dogmas, aunque ellos vayan a contrapié con la realidad.
Bien por “Carletto”. Bien por el fútbol.