Universidad de Chile no era, antes de los partidos con Universidad Católica y Ñublense, una máquina avasalladora. Para nada. Pero sí un buen equipo. El trabajo del entrenador Gustavo Álvarez, en verdad, se reconocía porque había logrado darle a la U un par de cosas de las cuales carecía en los últimos años: compromiso colectivo con una idea matriz y eficacia en la ejecución individual.
Por esas dos características, era el sólido y justo puntero del torneo. Ojo, lo era y aún lo es. Claro, el azul, como color de moda, ya no es tan claro. Se ha oscurecido un poco. Pero la U sigue siendo el de mejor pinta, el de mejor percha. La diferencia es que ahora tiene varios acechadores que parecían lejanos y que hoy asoman como candidatos a bajar a los azules del pedestal.
Pero es justo decirlo. Hoy, parece desproporcionado e injusto quitarle méritos a lo que ha hecho Universidad de Chile en estos meses. Llegó solita al liderazgo por exhibir más méritos que el resto. Y punto. Que sus rivales no hubiesen alcanzado a conformarse colectiva e individualmente, como sí lo hizo la U, no era problema de los azules y por eso en gran parte de la primera rueda del campeonato se reconoció la labor de Álvarez.
Es cierto, eso sí, que aun así, se podían observar ciertas carencias que, en algún momento, podrían detener el buen rendimiento azul. La principal es que, a pesar de que la U terminaba por resolver los partidos, en varios de ellos quedó la sensación de que ganaba los puntos más por inspiración individual que por solidez de juego.
Ante Audax, Cobresal, Iquique y Unión Española, por ejemplo, el esquema crujió en varios pasajes por una razón que parecía evidente, pero que los buenos resultados tapaban: la U se resiente cuando el rival lo presiona y le quita el control del juego.
Y es que para el DT Álvarez es esencial que su equipo sienta que maneja los tiempos y que establece las zonas de lucha del partido.
No se trata de tener in extremis la posesión (la U es un equipo que ataca con juego directo, por los costados), sino que de tener la pelota para evitar —o al menos, disimular— sus carencias que están muy ligadas a la falta de variedad en la elaboración.
Sí, porque si de algo carece la U todavía (y es algo que sus rivales ya notaron) es de caminos alternativos para encontrar respuestas más sólidas, en especial cuando el rendimiento individual de algunos es irregular (caso de Leandro Fernández), limitado (caso Luciano Pons), o simplemente ha caído (caso de Fabián Hormazábal).
Es cierto que Gustavo Álvarez ha tratado de mover el tablero. Ante Ñublense formó una línea de cuatro en la zaga, un mediocampo de buen pie y el retorno de Maximiliano Guerrero como puntero. Con ello la U tuvo el control del partido, se vio más empoderada, pero aún denunció que mentalmente sigue enclavada en la base del juego que le dio el liderazgo del torneo.
¿Está entonces en crisis esta U que tanto se elogió?
Para nada. Goza de buena salud, por ahora. Sí tiene que entrar al taller para revisar niveles y poner algunos repuestos (le falta un generador de juego que rompa desde atrás, alguien distinto a Díaz, a Poblete, a Mateos y Sepúlveda, por ejemplo). Tiene que establecer un sello de juego con un ideario, pero con alternativas.
Pero el azul sigue siendo un color de temporada.